ADVERTENCIA: Algunos contenidos de este blog pueden herir la sensibilidad de la gente sin humor o con problemas de tránsito en el tramo final de su orto. La ironía es clave aquí. En caso de intolerancia, consulte a su proctólogo.

jueves, 7 de abril de 2011

El ataque del oso


Redacción de Villa del Prado: Se hace saber a las autoridades, vecinos, visitantes, busca-espárragos, corta-setas y sobretodo ciclistas, que prosigue el bateo por los montes de Villa del Prado y alrededores en busca del temido ejemplar de plantígrado silvestre que campa a sus anchas por la zona. Hasta ahora se ha cobrado una víctima. Su estado es bueno aunque acusa todavía las secuelas del desafortunado encuentro. El tremendo zarpazo propinado por el animal en el otro animal (el ciclista se entiende...) en la zona baja de la nalga izquierda y recorriendo su fornido y musculoso muslamen ha quedado en poco más que unas noches de duermevela y un dolor residual acrecentado por el roce habitual de los ropajes.


Fue el intento de repeler la agresión lo que provocó el revolcón por el suelo y los arbustos bajos del lugar, dejando como dolorosa consecuencia la múltiple inserción de diminutas y jodías espinas por todo el brazo derecho, quizás para compensar el dolor del lado izquierdo. Tres voluntarios de protección civil se afanaron (alguno con demasiada gana) en limpiar pulcramente todas las heridas del sujeto, que se aguantó estoicamente, a tenor de la presencia de otras tres enfermeras-becarias femeninas, las prácticamente incontenibles ganas de soltar un tremendo alarido de dolor que seguramente hubiera provocado la defecación instantánea del plantígrado emboscador. El que escribe estas letras no tiene mal corazón ni malas intenciones, así que omitirá publicar las fotos en alta resolución de la masacre provocada a aquél pobre hombre, que por si alguno no lo ha pillado, soy yo mismo.


Me duele el body por everything centímetro de mi skin... Voy a hacer una rifa para ver si junto lo suficiente para las gasassssss... Esta vez no me han hecho casi fotos, debe ser que la sangre no es fotogénica, pero bueno, gracias a las del Guardia puedo atestiguar que estuve en la tercera prueba del Open de Madrid, que acabé la carrera a pesar de calzármela en la primera vuelta cuando iba séptimo, que terminé el décimoquinto y que según mis estadísticas sólo me caigo en las pruebas impares.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Open de España en la Casa de Campo














Pues la crónica va a ser breve, como lo fué mi mecha haciéndome explotar como un cohete en la segunda de las cuatro vueltas que tenía que dar. Un cumpleaños la noche anterior me dejó al punto, durmiendo sólo tres horas y haciendo una cena de todo menos particularmente buena para rendir a tope, a saber: Torrijas, croquetas, coca-cola, doritos y tarta de chocolate...Vamos, para ir como un misíl. Me pasó como al Ferrari de Alonso, mi motor no subía de vueltas y ya en la salida me adelantó todo dios por todos los lados posibles, incluso por arriba porque el tío de detrás hizo la catapulta y se dió un costalazo de cuidado. Me dolían las piernas mogollón y en la segunda vuelta empecé a perder la trazada en las bajadas del tostón que llevaba. Me recuperé un poco en la tercera vuelta pero me hundí en la última y me robaron la cartera unos pocos sin ni siquiera intentar mantener la posición. Bastante que no me bajé de la bici. Un puesto 46 y los brazos achicharrados del solecíbiris que rondaba por los madriles. En fín un calentón de los buenos, aunque me consuela que no fuí el único que acabó fundidillo, porque había cada careto por allí que no veais. Eso sin contar con los trastazos que se dió la peña. Hasta Hermida, el campeón del mundo, se dió un hostión de infarto. En fín, Serafín, que vinimos a este mundo a sufrir.

martes, 22 de marzo de 2011

La foto que me salvó...

...o la primera anécdota...o la primera aventura. No consigo decidirme por uno de éstos títulos para esta entrada, pero cualquiera de ellos resume a la perfección una historia que me ocurrió hace muchos, muchos años. Corrían los finales de los ochenta y yo contaba con unos diez u once años. Mi colegio organizaba todos los años dos o tres salidas de varios días a la montaña. Preparaban rutas de senderismo, acampada y cosas así. La mayoría de mis compañeros llevaban hacíendolo varios años, pero a mí, quien me lo iba a decir, no me llamaba la atención lo más mínimo. Digamos que por aquellas fechas yo era de complexión perezosa. Nunca había salido del abrigo de mis padres más que alguna noche suelta a casa de un amiguete y poco más. Ese año no sé que me dió que me animé y me apuntaron al campamento. Eran cinco días en Villanúa, cerca de Jaca, para recorrer algunas zonas del pirineo Aragonés. Mis padres me tuvieron que comprar una mochila (de esas con varillas de metal en la espalda que no había dios que aguantara), un saco de dormir, una cantimplora que duró sin abollarse más o menos medio día y unas playeras Puma para caminar por el monte (¿?).

Mi primer viaje largo en autobús me hizo descubrir que los órganos que tu creías internos pueden intentar convertirse rápidamente en externos. También me hizo probar por primera vez la Coca-Cola americana, con unas latas con colores alucinantes que nunca habíamos visto y con el doble de azúcar que la española. El conductor del autobús se encargó de traficar con el veneno de color caramelo con los niños de mi clase (incluído yo) y se hizo con una buena hucha a costa del mono que teníamos todos de aquella bebida burbujeante. Yo no era un niño especialmente activo, quien me ha visto y quien me vé, por lo que cada día de marcha era una paliza para mí así que el día que nos ocurrió nuestra particular aventura, yo ya iba digamos que en la reserva.

Subimos a una montaña de cuyo nombre no podría acordarme ni aunque quisiera porque ya no debía tener ni un miligramo de glucosa en el cerebro. Nos colocaron en grupos de cuatro y nos propusieron la siguiente actividad. Bajaríamos la montaña a intervalos de dos minutos entre grupos siguiendo el camino y un río a modo de contrarreloj. El grupo que tardara menos tiempo, lógicamente ganaría. Pues os adelanto que nosotros precisamente no ganamos. Salimos todo lo rápido que pudimos, pero no se en qué momento perdimos el rastro y comenzamos a meternos en un frondoso bosque. Seguimos bajando entre la maleza y en un mal paso una compañera se esguinzó el tobillo. Pues hála, a turnos con la niña subida a la espalda y para abajo. Al rato oímos voces y nos juntamos con otro grupo que se había perdido también. Nos vieron gracias a que a mi compi Javier tuvo la genial idea de lanzar una piedra por encima de los árboles para que vieran dónde nos encontrábamos, sin saber, o eso quiero creer, que la piedrecilla caería sobre mi inocente espalda, lo que me provocó un vaciado instantáneo del aire que contenían mis jóvenes pulmones. Creyendo que teníamos suerte porque así teníamos relevo para hacer de mula de carga con la tullida nos encontramos con tres niñas llorando con un ataque de nervios y un niño que se había caído y se había golpeado en la cara con una piedra. Con este planazo seguimos deambulando por el bosque durante horas, pegando gritos para ver si alguien nos oía.

Como bien sabía Murphy, cuando las cosas pueden ir peor, irán peor. Acabamos metidos en una trampa de zarzas que nos obligó a meternos en un río que nos bajaba por la derecha. Con el estupendo agua del deshielo (era Marzo) hasta nuestras redondas cinturillas tuvimos que avanzar casi un kilómetro hasta que pudimos volver a salir a tierra. Los gritos de socorro y auxilio que habíamos estado soltando por nuestras bocas en celestial coro fueron tornándose en insultos hacia los profesores por habernos metido en semejante berenjenal. Cuando el sol comenzó a agazaparse tras las montañas, el pánico se apoderó de nosotros, sobre todo cuando alguien aseguraba que había oído el aullido de lobos. En aquellos momentos yo no hacía más que pensar en mis padres, en lo mucho que los quería y con el rostro cubierto de lágrimas pensé de pronto en mi cartera. En ella llevaba una única foto, era de mi padre cuando estuvimos en el País Vasco. Llevaba un chubasquero y unos vaqueros y un largo palo en su mano a modo de bastón. Posaba feliz, con unos treinta años, en una pradera verde y con una valla de alambre de espino a su espalda. La excursión por el río la había arrugado de la humedad y la cartera había teñido de rojo uno de los laterales. Siempre fuí un niño muy serio y obediente y creo que fué la primera vez en mi vida que me negué a aceptar lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Yo no iba a morirme en aquella ladera.

Cogimos a la chica coja entre dos y nos lanzamos hacia abajo. Al poco rato llegamos a una pista forestal y siguiéndola unos pocos kilómetros nos topamos con un señor conduciendo una furgoneta que amablemente nos recogió. Alguno pensará que fué una temeridad montarnos con un desconocido, pero eran otros tiempos, como dicen los abuelos. El viaje duró poco porque nos cruzamos con los Land Rover de la Guardia Civil que iba en nuestra busca, con nuestros queridos profesores dentro. Empapados, cabreados y medio hipotérmicos nos cagamos en toda su estampa. Todo sin saber que me proporcionaron mi primera vivencia extrema, un recuerdo para toda la vida y una anécdota, la primera grande que recuerde desde luego, que contar. Todo sin saber que aquellos mismos odiados profesores serían los mejores y más queridos por mí de toda mi vida. Todo sin saber que los Pirineos inyectaron su veneno en mí para siempre. Todo sin saber que aquella foto iba a ser la foto más importante de mi vida.

lunes, 14 de marzo de 2011

El nuevo rumano

No voy a hablar de inmigración, ni de dientes de oro ni nada parecido. Os voy a presentar oficialmente a nuestro primer coche nuevo. Por fín se acabó el heredar coches que estrenaron otros. Hemos roto la hucha y nos hemos hecho con un Dacia Duster blanquito. A pesar de su aspecto es sólo tracción delantera, más que nada para evitar (cosa que no se consiguió) tentaciones de meternos en muchos berenjenales propios de los 4x4. Nos lo entregaron el jueves pasado después de algo más de un mes de espera el mismo día que mi padre cumpliría 60 años. Un buen regalo, sí señor. A día de hoy tiene ya quinientos kilómetros y ya ha catado la nieve. También ha catado la tierra. También el barro. Y por supuesto el agua.



Nos metimos el domingo por el Cerro de San Pedro a hacer "trialeras" y madre de Dios, si pudimos hacer lo que hicimos con un tracción delantera no me imagino lo que se puede hacer con un tracción total. Pa habernos matao, je je je. Belén me sorprendió. Primero porque le gustó eso de dar botes por los caminos, pero es que además la tía se descojonaba y me animaba para meternos por todos los charcos que había. Nos lo pasamos de lujo. No es el rodaje ideal para un coche nuevo, pero es que tenía unas ganas locas de zumbarle por el monte. Sólo falta que nos dure muchos años. P.D.: No penséis que hemos jubilado al Vectra. Ahí sigue el tío con su 12 años y rulando como el primer día. El mejor coche que he tenido, de momento...

jueves, 10 de marzo de 2011

Corrupción Urbanística en San Martín de Valdeiglesias









Exactamente lo que reza el título. Todo el ayuntamiento y la administración de San Martín de Valdeiglesias están bajo sospecha por una supuesta trama urbanística encubierta. Por lo visto las autoridades han descubierto un aumento desproporcionado de ventas de terreno rústico a particulares sin control alguno. La mayoría de los compradores de estas parcelas son además forasteros que, enamorados del entorno natural y el encanto propio del lugar, no dudaron en lanzarse (y nunca mejor dicho) a la adquisición descontrolada de las nombradas parcelas. De hecho, consta en los archivos que algunas de ellas fueron vendidas a varios titulares a la vez, pero lo más curioso es que algunos compraron la misma parcela una y otra vez. Los esfuerzos por parar la venta indiscriminada por parte de las autoridades, enfundadas en sus reglamentarios chalecos reflectantes, fueron vanos debido a la avalancha de compradores en determinados momentos. Si bien pudieron parar el trámite al pleno vuelo en alguno de los casos, la mayoría de las transacciones se llevaron a cabo, produciéndose la venta sin que nadie pudiera remediarlo. Se desconoce el número exacto de nuevos propietarios, pero nos consta que va a ser complicado que los implicados devuelvan los terrenos, a pesar de que la mayoría, por no decir la totalidad, se estará ahora mismo arrepintiendo de su compra. En otro orden de cosas y sin salir del mismo municipio, la Consejería de Sanidad ha realizado un llamamiento a la solidaridad en toda la Comunidad de Madrid para intentar reponer las existencias de Betadine en la anteriormente nombrada localidad, debido a un inesperado aumento de la demanda provocado por un evento deportivo ligeramente peligroso. Sin más noticias destacables se despide Moisés Morán Gámez, superviviente de la 2ª prueba del Open de Madrid 2011.

Este texto a modo de noticia periodística que a alguno le sonará a chino describe a la perfección lo acontecido en la carrera que corrí este pasado domingo. En el argot ciclista comprarse una parcela equivale a hacer una cata de suelo, un revolcón, un recostamiento o de forma más generalista, darse una ostia. El ratio ostia-participante por una vez se salió de escala, pues el trazado tiene la bien merecida fama de ser el más técnico de todo el campeonato madrileño. Es el único sitio dónde he visto los árboles forrados con colchonetas. Es justo decir que en las rutas que nos hacemos por la sierra encontramos tramos mucho peores que los de San Martín, pero no los tenemos que pasar con doscientos ciclistas más, dos, tres o cuatro veces seguidas y con una fatiga en el cuerpo considerable. La cosa a priori acojona, más si tenemos en cuenta que el jueves anterior fuímos Diego, Ángel y yo a reconocer el circuíto y acabamos en el hospital con la clavícula de Ángel partida en dos. Caída tonta y mala suerte en el aterrizaje para él, que eso sí, le echó unos huevos al asunto que no veais. Volvió al coche por su propio pie y tendríais que ver con qué tranquilidad y pundonor le dijo a su mujer que había tenido un accidente. Si alguien me tiene que dar una mala noticia, que por favor hable primero con él para que le asesore.

Las ganas de competir os podéis imaginar dónde acabaron. Con desgana fuímos el domingo. Más desgana al ver que nos colocaban en la última fila de la parrilla en un circuíto "taponero". Y voy y me marco la mejor carrera de hace años. Adelanté a más de 50 tíos y acabé el 16 (no llegué el 15 porque perdí el sprint). Lo mejor es que encima disfruté como un enano por las trialeras y pegando saltos por todo el circuíto, la cara de flipado de alguna foto lo atestigua. Mis compis hicieron un papelón también y no nos dimos ningún costalazo. En fín que nos salió todo perfecto.

P.D.: Desde aquí un abrazo muy fuerte y mucho ánimo a Ángel. Eres un machote y ya verás como dentro de poco estás liándola por los caminos con tu nuevo pepino. Vuelvo a decir que me dejaste asombrado con tu actitud. Creo que todos hemos aprendido de tí.

P.D.2: Gracias a esta carrera me he animado a entrenar más fuerte. Estaba un pelín desanimado pero parece que el esfuerzo va generando frutos. Que me dure mucho.

P.D.3: Hoy es tu cumpleaños y curiosamente va a ser un día muy especial para Belén y para mí. FELICIDADES PAPÁ.

jueves, 10 de febrero de 2011

La Carta de Javier

Ahora me veo con fuerzas para ofreceros la carta en el blog que escribí en nombre de todos para que la publicaran en algunas revistas y periódicos deportivos cuando falleció mi querido Javi. Sé que hay gente que lee aquí y que no ha podido acceder a ella y yo no podía tenerla inerte en el tintero. Ahí os la dejo. Son mis últimas palabras en este triste asunto. Gracias por la atención.

Aquella mañana apagaste el despertador sin saber que ya no lo harías nunca más. Sería la última vez que desayunaras fuerte para aguantar tu duro día. La última vez que besaras a tu pequeña, a tu amada esposa. Fué la última vez que preparaste tu ropa, seguramente con mimo. La última vez que dejaste que tu mente corriera a sus anchas por todos los buenos recuerdos de tu vida mientras pedaleabas relajadamente, la última vez. La última vez que te reíste tú solo recordando algún momento en ruta con nosotros, la última vez. La última vez que miraste hacia el cielo, hacia arriba, escrutando las nubes como haría un granjero para evitar que la lluvia arruinara su preciada cosecha, todo sin saber que aquella perspectiva cambiaría bruscamente en unos minutos para pasar a observarlo todo desde arriba. Primero, desde el helicóptero que en vano se esforzó por llevarte con vida al hospital. Después, al pasar a formar parte de las almas que nos observan cariñosa y melancólicamente desde el firmamento.
Y ya sólo nos quedó recordar la última vez que te vimos reír, la última vez que nos hiciste reír. La última vez que te vimos disfrutar, la última vez que nos hiciste disfrutar. La última vez que nos llamaste "paquetes", que nos llamaste "máquinas", que nos llamaste "chavales". La última vez que hablamos contigo, la última vez que nos dijiste "hasta luego". No, Javi, no , es HASTA SIEMPRE.


Javier Sánchez Corral nos fué arrancado de nuestras vidas el 1 de Diciembre al ser arrollado por un camión en la carretera M-100 mientras entrenaba. Descansa en paz amigo.

Club Ciclista ENBICI Alcobendas.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La buena, la fea y la mala


Feminizando el título de la famosa película que interpretó el gran Clint Eastwood resumo lo acontecido en mi primera carrera del año. Estrenábamos equipación, muy bonita y de muy buena calidad, pero difícilmente distinguible entre tanta ropa similar. Se nos veía mejor de azul y amarillo pollo, pero no nos vamos a quejar ni mucho menos. También estrenaba bicicleta, un pepino de carbono de la marca Trek. Tras casi diez (si, he dicho diez) años montando sobre bicis de doble suspensión que parecían colchones de plumas para mi delicado traserillo, me dejé engañar por el diablo y me compré una verdadera máquina de carreras, rígida y ligera. Sólo tuvimos dos semanas para hacernos amigos, pero en contra de lo que yo creía, no éramos todavía uña y carne. Algo de ésto podía ser la buena en mi relato... La ropa...La bici nueva... Pues no, en mi caso la buena fue la ostia que me dí acabando la primera vuelta.



Salvé dos tentativas de aterrizaje forzoso en los primeros doscientos metros de carrera. Primero en la salida, cuando los dos que estaban delante mío en la parrilla (que por cierto me tocó atrás del todo para no variar...) se dieron un afectuoso abrazo haciéndome un sandwich. Gracias a Dios que todavía no había enganchado el pedal automático, que si no me desparramo entero. Con el susto en el cuerpo salgo a toda leche para coger al resto de compañeros. Adelanto a Luis por la derecha (menos mal que en el campo no hay código de circulación que valga) y a los tres segundos oigo un cacharrazo justo detrás de mi rueda. ¡Puffff!, me libré otra vez... Pero no todo el monte es orégano (no se que quiere decir esta expresión pero a lo mejor queda bien aquí, je je je).



En mi afán por coger a gente me agacho sobre el manillar y pedaleo como un mulo, sin fijarme en que un reguero cruza el camino de lado a lado. Me lo trago y mi mano derecha se suelta del manillar como si no me perteneciera. Hago el vuelo del Ave Fénix y mientras el tiempo se detiene consigo oír los gritos de una señora a la que conseguí impresionar desplegando mis alas, me da tiempo a calcular que parte del suelo lleno de agujeros me va a resultar más cómoda para tomar tierra y aún así me sobra tiempo para maldecir y blasfemar mientras veo volar más alto que yo a mi querida y cara bicicleta de fibra de carbono. Me levanto en un tris y tras ver que tengo más o menos todos los órganos en su sitio y que no me he cargado mi flamante ropa (antes muerta que sencilla) me fijo en la rodilla derecha. No me duele casi (irónicamente hablando, claro...) y un tremendo bulto se ha merendado a mi rótula. El adorno final lo ponen dos venas por encima súper inflamadas que daba miedo verlas. Pues ésta era la fea. La señora me da un ligero consuelo maternal mientras medio pedo busco a mi jaca unos metros más abajo. La maneta izquierda y los mandos del cambio están mirando a Roma. Le meto un viaje y los coloco en su sitio. Me monto y medio zombie sigo dando pedales. En vez de cabrearme un huevo como siempre, sólo me mosqueo un poco pero me encabezono en acabar a toda costa.



El tercer huevo que tengo se va desinflando poco a poco y con los ánimos de los colegas subiendo el famoso repechón del circuíto acabo como un jabato. El 35º, mejor que el año pasado y encima no me caí, pero a mí me sabe a victoria. Hay que ver el lado bueno de las cosas, podía haber sido mucho peor y no creo que hubiera sido mucho mejor sin la caída. Gracias a todos por los ánimos. Os preguntaréis quién o qué fue la mala en esta historia. No fué mala la suerte, porque la culpa de la caída fué sólo mía (cualquiera que me oiga no se cree lo que sale de mi boca, pero debe ser que me hago mayor y estoy madurando...). Tampoco fue mala la carrera, ni la bici. La mala fue Belén, pero no por no ir a verme a la carrera (lo estaba deseando y lo entiendo, tanto tío sudoroso enfundado en lycra...), sino porque estaba mala con la alergia la pobre mía. Se quedó con las ganas de gritar como una loca para que la oyera desde cualquier punto del circuíto. La eché mucho de menos.



P.D.: Os dejo mis fotos narcisistas, en alguna se ve el piñazo en la rodilla. Saludetes.

martes, 1 de febrero de 2011

Parón y una de arena.


Han pasado semanas y este espacio ha permanecido yermo, desatendido y hueco, pero no olvidado, ni mucho menos. No ha habido día que me haya sentado en el trabajo frente al ordenador y no abriera esta página. Tampoco ha habido día en el que no haya pinchado en la foto de la última entrada publicada para ampliar la imagen. Como tampoco han faltado los intentos de que las inmóviles teclas bajo mis incapaces dedos fabricaran una sola palabra para vosotros. Ahora parece que todo comienza a rodar de nuevo, se engrasaron los engranajes, la vida para nosotros, para bien y para mal, no se detiene y todo vuelve casi a la normalidad. Sólo nos pesan más los bolsillos llenos de penas, pero también estrenamos zapatos nuevos que nos hacen caminar más alegres. Yo he estrenado mi par hace bien poquito. Mi niña por fin es funcionaria. Si después de la tormenta viene la calma, después de la cal siempre viene la arena. Toneladas de esfuerzo han visto su recompensa y ya me puedo considerar un afortunado funcionario consorte. Según está el patio laboral, esto es un lujo que nos permitirá hacer (y engendrar) cosas que teníamos en pausa. Nos vamos a regalar unos cuantos pares de zapatos.



Ahora se me acumula el trabajo y empezaré por las cosas que no he hecho en su momento, como felicitaros a todos el año nuevo y la Navidad. Por una vez en mi vida no me he pillado una gripe o una gastroenteritis en todas la fiestas y eso que he estado rodeado por todos los flancos por sacos de virus andantes y moqueantes. Buen comienzo de año, si señor. Otra cosa que me dejé fueron algunos aniversarios. El más importante, el 20 de Diciembre. Ese día de 1997 comenzó de nuevo mi vida con mi siamesa Belén. No nos despegamos ni queriendo. Feliz aniversario mi amor. Luego viene mi aniversario personal, el 13 de Enero me estrené con 34 años. ¡Joder cómo va pasando el tiempo!. Por último el primer aniversario de mi (vuestro) blog, el 19 de Enero.


Pues toca retomar la rutina y escribir de vez en cuando. Ya tengo cosillas en mente y alguna que otra presentación oficial que hacer. Espero que este año y todos los demás os traigan muchos, muchos, muchos zapatos nuevos y mucha arena. Ya que estamos con metáforas, analogías y demás, pues seguimos: La desgracia se pega al alma de uno mismo inevitablemente, pero inevitable también es que nos una al resto de almas que nos rodean con su poderosa atracción. Ánimo y siempre hacia delante.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Javi Santacruz


...o Javier Sanchez o GRAN AMIGO Y COMPAÑERO. Todo son sinónimos de la misma persona, de la misma buena persona que se dejó la vida ayer en la carretera. Un maldito camión decidió que ya era hora de que se marchara al cielo mientras exprimía su bicicleta, su amada bicicleta. Gracias a él descubrimos los mejores rincones de la sierra madrileña, acompañado de su inseparable GPS, buscando siempre los caminos y las rutas más bonitas. Lograba que siempre disfrutáramos de lo que preparaba y por supuesto de su grata compañía, de su buen carácter, de su risa y sus bromas.

El vacío irreparable que ahora ha dejado en mí es tremendo. Siempre hay más afinidad con unas personas que con otras y aunque todos mis amigos tienen todo mi cariño, Javi era de los más especiales. En las rutas que hacía siempre estábamos los mismos, Jose, Javi, Rober y yo, el cuarteto "freerider" por hacer las rutas más técnicas que se nos ocurrían. Nos proporcionó a todos el mejor verano que hemos pasado montando en bici juntos hace un par de años. Un recuerdo para toda la vida y que ahora pesa como el cemento en mi corazón. Las lágrimas de dolor arañan mi rostro como arañaban antaño las zarzas mi cuerpo por aquellos estrechos senderos en tu agradable compañía.

Gracias por todo lo que nos diste, por todo lo que me diste y me mostraste. Gracias por permitirme disfrutar de tu amistad. Ahora cada piedra, cada raíz, cada árbol me preguntará por tí, les diré que estás descansando, descansando en paz, AMIGO, te echarán de menos, te echaré de menos. Un abrazo muy fuerte para tu familia, para esa niña tan preciosa que tienes, para tu mujer y para tus amigos, que me consta que son muchos y buenos.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La Isla Bonita II

El viaje lo organizó en su totalidad Belén. Por eso planeó los pateos lo más planos posible. Mirando en internet y con unos mapas que nos dejó una compañera del trabajo oriunda de Gran Canaria, organizó el asunto con rutas de duración moderada, 4 o 5 horas, y desnivel más o menos asequible para sus desentrenadas patorras. Pues tras la lluvia del primer día, el sol nos recibió el segundo con los rayos abiertos. Decidimos hacer una ruta "facililla" que consistía en subir con el coche hasta una caseta de información y recorrer unos 10 kms prácticamente planos atravesando 13 túneles excavados en la roca. Eso se acabó convirtiendo en 17 kms y 7 horas de ruta con 1200 metros de desnivel positivo y otros tantos de bajada. La casetita tenía un acceso por una infernal pista de 14 kms sólo apta para 4x4. El otro acceso era bípedo (y me consta que en algún momento cuadrúpedo). Con mi típico "esto es una mariconada y nos lo subimos en un periquete" nos merendamos seis kilómetros de subida en algo menos de tres horas, dejándonos en el camino a otra pareja de madrileños que sufrieron los rigores de las pendientes del lugar.

Sin apenas ánimos en el bolsillo para mi chica conseguí, después de sobornarla con un exquisito bocadillo de "embutido-mix", seguir un poquito más, logrando llegar hasta la escurridiza caseta. Escurridiza como el empapado y arcilloso suelo que hizo perder el contacto simultáneo de ambos pies con el terreno a mi abnegada novia, pegándose ésta una buena costalada de la que únicamente se libró su hombro derecho. Tras la obligada inspección ocular y "palpar" por mi parte y viendo que no había que lamentar daños severos más que un rasponcillo en la rodilla y algún que otro dolor latiente, seguimos raudos hacia arriba.

Allí vimos por fín el canal que debíamos seguir a través de los túneles (alguno de 400 metros de longitud) que nos llevarían a los nacientes de Marcos y Cordero, punto final de nuestra ruta. Con nuestros flamantes frontales fuimos avanzando agachados por la oscuridad.

Por la oscuridad y por el agua, porque uno de los últimos tenía casi cascadas cayendo del techo.

Y así se explica uno porqué aquello está tan verde.

Entre fotos y paradas a mirar el impresionante barranco que teníamos al lado y que poco a poco estaba siendo devorado por la niebla, tardamos dos horas en volver a la caseta de información.

Con mucho cuidado y con las piernas empezando a doler comenzamos el descenso hasta el coche. Mucho patinaje artístico pero sin incidencias y con estampas impresionantes como la que sigue.

En fin, una paliza que Belén aguantó como una jabata a pesar de llevar meses sin salir al monte. Sin duda, esta ruta está en el top 5 de las más bonitas que he hecho en mi vida. IMPRESIONANTE.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La Isla Bonita I

Como decía Madonna en los ochenta, la verdad es que La Palma es bonita, bonita. Para los que no la conozcan, deciros que es como Asturias pero a lo bruto. Los bosques son frondosos y los desniveles bastante fuertes, pasando del nivel del mar a más de 2400 metros en pocos kilómetros. De hecho, el perímetro de la isla supera por poco los 155 kilómetros pero cuenta con más de 1000 (sí, mil) kilómetros de senderos señalizados en su interior, el paraíso de cualquier caminante. Pero tiene una pega, que hay que ir hasta allí en avión. Siendo yo un animal bastante terrestre comprenderéis rápidamente la gracia que me hacía volar. La pobre Belén llevaba años queriendo ir a las islas y al final me convenció. La caguetilla no hizo acto de presencia hasta ya estar en pleno vuelo, implorando a todos los dioses conocidos por mi humilde vida torera:

Tras pronunciar la frase de las vacaciones mientras agitaban mi acojonado cuerpecito unas cachondas turbulencias (fué un "hooostia puta" que me salió de las mismísimas entrañas), pareció que el mal rollo se esfumó y sin que apenas me temblaran las manos me pude sacar esta foto del ala:

Tras la compasión del piloto con los tripulantes en un aterrizaje totalmente suave como mi estado de ánimo en las posteriores horas al mal trago, nos cogimos nuestro Seat León alquilado (que andaba como un tiro y que estrenó Belén aprovechándose de mi estado comatoso) y zumbamos para el hotel, que estaba por cierto bastante chulo:

Para calmar el antojo de Belencita de papas arrugás nos empujamos las susodichas y dos platacos de paella en una terraza con unos 22ºC de nada. Paseo por la zona y poco más pudimos hacer. Al día siguiente, primer disgusto. Amaneció lloviendo a cántaros, así que el plan se redujo a dar la vuelta a la isla con el coche. Sin ver un pijo con la niebla y aclimatándome a los pedales del coche, tras unos cuantos frenazos y tirones llegamos al sur de la isla y luego al oeste hasta Tazacorte, donde el tiempo cambió radicalmente y si nos hubiéramos llevado los bañadores nos podíamos haber mojado el culete tranquilamente. Como no pudimos nos resarcimos poniéndonos jartos de comer en un bar a la orilla del mar (con papas arrugás por supuesto).

Con la panza bien llena nos metimos en una carretera infernal bordeando los acantilados hasta unas casas de pescadores incrustadas en la roca en un recodo-cueva realmente espectacular, el Porís de Tijarafe:

Yo aquella noche soñé que conducía sin parar de la paliza de volante. La velocidad máxima en las carreteras de La Palma es de 60 km/h, vamos, para morirse. Os dejo algunas fotos al atardecer:



martes, 26 de octubre de 2010

Por toda la retaguardia.


Aunque sea inevitable pensar malamente con tan sugerente título, no por ello va a ser menos cierto que literalmente me han dado por toda la retaguardia. Creía uno que peinando ya las primeras canas se iba a librar de una traicionera y trasera embestida. Así, la buena estrella quiso irse unos instantes de paseo, abandonándome al libre albedrío y dejándome totalmente a merced del infortunio, pasando de tener eso, estrella, a estar estrellado. Con la confusión creada ya en la mente del lector, pues seguro que pensabais que me habían quitado el precinto del cerito o había tenido una cita con el doctor más rápìdo del oeste en enfundarse un guante de látex con vaselina, no quiero liaros más de la cuenta y os narraré si acaso con algún pelo y varias señales (¿?) lo ocurrido.


Pues las señales consistían en un enorme y tremendo triángulo (no recuerdo si isósceles o escaleno pero seguro que no rectángulo) invertido, minuciosamente pintado él en el rugoso pavimento y acompañado por una estupenda señal replicándolo a escala más pequeña pero con la ventaja, si acaso, de ser ésta coloreada y enhiesta verticalmente. Algunos los conoceréis, me refiero a estos bonitos triangulillos, como Ceda el Paso. Pues apostados mi novia y yo en el filo de uno de ellos en las proximidades del Diversia, planeando una dulce velada a eso de las diez y media de la noche, fuimos vilmente atacados por detrás por un tremendo gilipollas que descubrió un superpoder nuestro hasta ahora oculto: la invisibilidad. Efectivamente, el mendrugo no nos tuvo que ver, porque en lugar de frenar, aceleró su Suzuki hasta meterlo debajo de nuestro querido y sufrido Opel Vectra. Y entonces aparecieron los animales.


El primer animal, el borrico que nos atizó. El segundo, el conejo. Y no me refiero al de su novia, ni al de la mía, sino simplemente a que Belén y yo sufrimos el golpe del conejo. Vamos, un "esnucamiento" en toda regla del que todavía quedan secuelas una semana después. El pescuezo se me ha quedado como el de un Airgamboys, más si cabe después del esfuerzo que tuvimos que hacer para recolocar el paraimbéciles, digooo... el parachoques trasero para que no rozara con las ruedas del coche y poder seguir utilizándolo. En fín, que colorín, colorado por el culo nos han dado. Adjunto foto (que no tiene que ver nada con el tema aunque deberíamos tomar nota del gato viendo el percal del tráfico ) para que no os asustéis con tanta letra.


sábado, 16 de octubre de 2010

Cascabeles en el desierto. Capítulo IX.

No se lo perdonaría nunca. ¿Cómo se podía haber quedado dormida?. No dejaba de fustigarse. Su marido desaparecido y ella se duerme cuándo consigue llamarla. Encima Pedro no cogía el teléfono. ¿Dónde demonios estaba?. Tenía un mensaje en el buzón de voz, seguro que era de... En ese mismo momento llamaron al teléfono. Una nerviosa Ángela descolgó apresuradamente.

-¿Diga?

-Hola, buenos días, ¿es usted Ángela Moreno?

-¡Sí, soy yo!

-Le llamo de la jefatura de policía, hemos encontrado a su marido y...

No escuchó una palabra más. Sin molestarse en colgar el teléfono salió corriendo de casa. Veinte minutos después, una hermosa, jadeante y sudorosa mujer se presentaba en la comisaría de Pedro. El comisario la vió entrar. La conocía de vista, una mujer así era difícil de olvidar, aunque fuera en pijama y pantuflas. Lo malo era que no se iba a llevar precisamente un buen recuerdo de su primer encuentro. La recibió en su despacho con gesto serio.

-Siéntese, por favor, señora Moreno.

-Mi...mi marido, ¿dónde está?

-Señora, lo siento, su marido, el señor Marcos Porta... ha fallecido. Intentamos decírselo antes pero...

La noticia fue como si le pasara por encima varias veces un tren de mercancías. Su mente se bloqueó. Aquello no estaba pasando, no, no podía estar ocurriendo. Conteniendo las lagrimas lo que pudo se negó en redondo a aceptar aquello.

-No entiendo, me ha llamado hace un rato, no puede ser...

-Encontraron su cuerpo al fondo del Barranco del Este. Su vehículo se despeñó hace un par de días. No comprendemos algunas cosas y nos gustaría que nos lo aclarara si es posible.

-Entonces, si mi marido se ha despeñado, ¿cómo me ha podido llamar esta mañana?.

-Será mejor que bajemos al depósito, así el forense se lo podrá explicar mejor.

En un viejo montacargas y en sepulcral silencio, bajaron al segundo sótano del edificio. Hacía bastante frío ("hace un frío del carajo", diría su desaparecido esposo), sobre todo en comparación con la calima que reinaba en el exterior. Entraron en una sala en la que todo parecía fabricado de brillante aluminio ("aquí parece que regalan el papel albal", que diría Marcos). Había dos camillas con sus correspondientes bolsas encima cuyo contenido era evidente. El hombre de la bata blanca que se encontraba al fondo, el forense, supuso, les hizo un gesto que suplió al saludo. Se acercó a la primera bolsa y la abrió rápidamente. Ángela se estremeció. Un hombre extraordinariamente parecido a su marido estaba en su interior. "No es él, no es él, él es mucho más guapo, no es...". "Cariño, lo sabes, soy yo" replicó Marcos en su cabeza. En aquél mismo instante la oscuridad se adueño de su interior. Enmudeció sin que al forense le importara mucho aparentemente y comenzó la descripción de su estudio.

-Esta persona presenta múltiples contusiones por todo su cuerpo, destacando una fractura severa de clavícula izquierda y una fractura abierta en la tibia derecha. Ese mismo pie presenta un avanzado estado de gangrena, posiblemente provocada por presión en los tejidos circundantes que...

-Por favor doctor, resuma si es posible- Dijo el comisario con un visible gesto de compasión hacia Ángela, que parecía imperturbable.

-Discúlpenme. Lo curioso, si se puede decir así, es que no falleció por las heridas provocadas por el accidente. Falleció de un shock. Presenta una mordedura de serpiente de cascabel en el tobillo derecho. Es posible que al estar aprisionado entre los restos del vehículo, ésto salvara al señor Porta del efecto del veneno al limitar su propagación. Lamentablemente se liberó y eso le provocó una progresiva parálisis y la muerte en poco tiempo. ("Malditas serpientes hijas de puta" hubiera pensado Marcos de estar vivo.)

Ángela no daba crédito. No podía apenas sostenerse en pie. Se sentía totalmente desamparada. Ni siquiera un rostro conocido que pudiera consolarla. En aquél momento, Pedro irrumpió en sus pensamientos y son la voz crispada por la tristeza le preguntó al comisario por el policía.

-De eso precisamente quería hablarle señora. Encontramos a su esposo gracias al agente Millán, bueno, más bien por el agente Millán.
-No… entiendo.
-Perdimos contacto con él y a través del GPS de su coche localizamos su vehículo al pie del barranco donde cayó su marido. Allí los encontramos a los dos.
-¿Pedro ha estado con mi marido?
-Si señora, pero encontramos, esto..., al agente..., Pedro se...se había disparado en la cabeza con su propio arma.

La oscuridad que había invadido anteriormente su cabeza se hizo insoportable y se adueñó de todo su ser. Se despertó desorientada varias horas después en una cama del Hospital General. Tras asegurar que no sabía nada a la policía, esperó en estado cuasi-catatónico a que le dieran el alta. Al día siguiente, de vuelta a casa en el taxi, recordó que tenía en el móvil un mensaje en el buzón de voz. Y escuchó una inconfundible voz masculina, más pausada de lo habitual, como si de un susurro al oído se tratara: "Ángela, mi vida, soy yo... apenas puedo... moverme, he tenido un… accidente en el… desierto, no te preocupes mi…mi amor, saldré de ésta, te lo juro. Me ha parecido...oír un coche, vendrán a por mí. No... no... no veo el momento de...abrazarte a tí y a...las niñas...perdóname preciosa...perdóname por no saber amarte como...como te mereces...te veo pronto...te quiero..."



FIN

viernes, 15 de octubre de 2010

Cascabeles en el desierto. Capítulo VIII.

El precioso sonido de la voz de Ángela se esfumó con un lacónico "gracias". Tardó casi un minuto en dejar el auricular sobre el teléfono. Las sienes le latían como un tambor aporreado con saña. Acababa de hacer algo terrible. Acababa de mentirle a la persona más importante de su vida. Las cosas no se debían hacer así. No, todo estaba mal. "No te preocupes tanto, relájate y prepárate para tiempos mejores", el durmiente entraba de nuevo en escena. Mesándose el bigote de manera compulsiva, pensaba en lo que acaba de hacer. Nada le diferenciaba de un asesino, pues seguramente acaba de provocar la muerte de un hombre. Una persona recta, un defensor de la ley, se había cambiado de bando. "No dramatices, lo hecho, hecho está, ahora espera a recoger la siembra, nada más". ¿La siembra?, ¿qué siembra?, un cadáver era lo que iba a tener que recoger. "No idiota, a ella, será tuya, ya lo fue una vez, ahora será para siempre".

El durmiente consiguió apaciguar su conciencia unas pocas horas, pero las pesadillas que le asediaron el poco de conseguir conciliar el sueño le devolvieron a su cruda realidad. En aquellas pesadillas aparecían Ángela y sus hijas señalándole con el dedo. A sus pies se encontraba Marcos envuelto en sangre y arena. Gritaban de dolor y se abalanzaban sobre él con unas uñas enormes en las manos que desgarraban su uniforme y le provocaban profundos cortes en su piel. Gritó tan fuerte como pudo y se despertó en medio de la empapada cama. "Esto no está bien, todavía puedo arreglarlo", pensó. "Ya es demasiado tarde Pedro, te lo has cargado" replicó el durmiente. "Vete a tomar por culo", soltó sin pensar. Sorprendido porque esas palabras salieran de su boca, se vistió y con el sol ya bien nacido salió a toda velocidad hacia el desierto.

Llegó al borde del barranco, dispuesto a pedir ayuda por radio, pero al asomarse algo había cambiado. Marcos ya no estaba en el interior del montón de chatarra de color rojo. Se encontraba tumbado boca abajo a unos pocos metros del vehículo. Ni siquiera la más simple palabrota pudo materializarse en su mente. Por un momento creyó que caería al suelo, pues sus rodillas, completamente laxas, le hicieron tambalearse como un borracho. La mirada nublada, el corazón desbocado. "Maldita, sea, Pedro, ¿qué has hecho?". No podía ser, las lágrimas brotaron sin control de sus ojos. Una fuerte opresión en el pecho amenazaba con cortarle la respiración, lo brazos comenzaron a hormiguearle. Con la respiración fuertemente agitada, finalmente se desplomó, apoyando el tronco contra la chapa del coche.

Con el paso del tiempo totalmente distorsionado, salió del trance gracias al timbre de su móvil. Era Ángela."¿Qué le vas a decir, que tienes delante al fiambre de su marido?", el durmiente salió de su letargo, "no lo cojas, lo mismo el colega está vivo, lo mismo no la hemos cagado". Asintiendo con la cabeza compulsívamente, se levantó del arenoso suelo. Como un zombie comenzó a bajar dando tumbos por el terraplén. Se acercó hasta los restos. Todavía había un penetrante olor a aceite quemado. Dio un pequeño respingo al ver a otra serpiente al lado del ¿cadáver?. Falsa alarma, el reptil tenía la cabeza reventada. Se agachó y como el que espera un milagro, puso dos dedos sobre el cuello de Marcos. Nada. Le dio la vuelta con la esperanza de que el pulso fuera muy débil, Pero la aparente rigidez del cuerpo no le dio tregua. No respiraba. En la atenazada mano del muerto, su muerto, se encontró con algo que no esperaba, un teléfono.

El durmiente le gritó: "Ahora si que estás jodido, habrá visto que te diste la vuelta y se lo habrá contado a alguien"."Vaya, ahora no somos dos, maldito cabrón" espetó en voz alta el policía. En aquel mismo instante, el móvil de Marcos comenzó a sonar. El susto hizo que perdiera el equilibrio y cayera sobre su trasero. En la pantalla aparecía el nombre de Ángela. "Mierda", acertó a decir cuando la llamada se cortó. Le arrebató el teléfono al muerto y consultó el registro de llamadas. Había llamado a su mujer hacía apenas dos horas. Ahora era el móvil de Pedro el que sonaba. No hacía falta que mirara el número. Sabía quién era.

La opresión en el pecho volvió de nuevo. Sus brazos se quedaron totalmente sin fuerzas. La cabeza le centrifugaba el torrente de ideas e imágenes de aquella situación. "¿Qué puedo hacer?, ¿qué puedo hacer?". "Sólo dos opciones, amigo", contestó resuelta la voz, "solo tienes dos opciones, o haces lo que debes o haces lo que tienes que hacer". Con los ojos repletos de lágrimas comenzó a caminar. " Lo siento, Ángela", se repetía una y otra vez. Y con aquella misma mano que acarició aquel precioso cuerpo, con aquella mano que acarició aquel suave cabello color oro, con aquella misma mano empuñó su arma...

jueves, 14 de octubre de 2010

Cascabeles en el desierto. Capítulo VII.

Dos noches en el desierto dan para pensar mucho. De hecho, era lo único que podía hacer. Había sido incapaz de llorar en toda su vida. Siempre se lo tomaba todo poco en serio. Ni siquiera cuando fallecieron sus padres soltó una sola lágrima. Sin embargo ahora, con la muerte afilando la guadaña enfrente suyo, lloraba como una magdalena. No por tener miedo a la muerte. Lloraba por haberla cagado. Había jodido su vida, su familia, por tontear con las mujeres. Se odiaba por ello. Sus mujercitas, así las llamaba, su chica y sus pequeñas. Las tres estrellas de su particular firmamento. Se había empeñado en buscar oro fuera de casa cuando estaba sentado encima de una montaña de diamantes. No se lo perdonaría nunca. Y lo peor, Ángela tampoco.

Hacía muy poco que había amanecido. Pronto el calor sería asfixiante. Sin agua que llevarse a la boca, con gusto habría lamido hasta el aceite del cárter si no estuviera atrapado en aquel puto coche. La deshidratación le había regalado un estupendo dolor de cabeza y su visión comenzaba a fallar. Hasta le había parecido ver un coche parado en lo alto del barranco el día anterior. Pero no. Le habrían visto. Alguien le encontraría, seguro. A pesar de que se había hecho el silencio, los oídos le zumbaban y constantemente escuchaba un ruído parecido a un sonajero. Más bien se parecía a un cascabel. "Ja, ja, ja, cascabeles del desierto, no la flipes". En aquel mismo momento notó como si su sangre se helara en la cabeza, la perdida memoria apareció apresuradamente: Eran las tres de la tarde e ibas conduciendo a toda leche por el camino, de repente apareció aquella serpiente de cascabel, frenaste, giraste y lo último que notaste fue esa sensación que tienes al caer al vacío en un sueño.



"¡Maldito bicho!, tenía que haberla reventado". Todo por no atropellar a aquél jodido reptil. Al final, en el fondo, muy en el fondo, tendría que agradecerle el accidente. Se acababa de dar cuenta de la suerte que tenía. A su lado estaban las mejores personas que uno podía tener. Y todo siendo un capullo integral. Pero eso se había terminado. Y casi pudo sentir lo mismo que cuando abrazó a Ángela la primera vez, cuando pudo notar su frágil cuerpo contra el suyo. Saldría de ésta, se arrancaría el puto pie si hacía falta y escalaría esa mierda de terraplén. Se arrastraría cientos de kilómetros por las rocas y la arena para llegar a su hogar si era necesario.

"Los cascabeles otra vez, amigo", rezó la voz, "están justo ahí, a tu lado". Inmediatamente giró su golpeada cabeza hacia la izquierda. Ahí estaba la serpiente más grande que había visto en su vida. Le miraba fijamente a los ojos, desafiándole (o eso le parecía a él) y agitaba sin parar el extremo de su cola ("el puto sonajero", pensó en voz alta). Acojonado era poco para él. "Estate quietecito, amigo, que ya se cansará y se irá por donde a venido. Lo mismo es la que casi matas y la has encabronado, no haces más que encabronar a todo el mundo". "No ayudas, mamón" volvió a decir en voz alta. Pero aquella ruidosa tira de escamas no tenía intención de marcharse. Estaba acechando.

Moviéndose a cámara lenta buscó con la mirada algo que pudiera servirle de arma. "No me lo puedo creer, el coche hecho pedazos y no hay un puto trozo de nada que pueda..." ¡Ahí estaba! Un trozo de palier delantero asomaba por debajo del suelo del Toyota. Lo agarró con firmeza en el mismo instante que el reptil se abalanzaba sobre él. Marcos se lanzó entonces hacia fuera del coche levantando el pedazo de metal y asestando un tremendo golpe a la cabecilla del animal, cayendo éste fulminado en el acto. No pudo disfrutar mucho del triunfo, pues al saltar, la pierna derecha le recordó que estaba aprisionada. Un tremendo chasquido cuya procedencia podía ser de su tibia o quizás del plástico del salpicadero fue el preludio de una descarga de dolor que le recorrió todo el cuerpo. La adrenalina del momento impidió que perdiera el conocimiento de nuevo. Y comenzó a reírse a carcajada limpia.

La escaramuza había conseguido que liberara su pobre pierna de aquella trampa. Con el rostro convertido en una mueca mezcla de locura, dolor y alegría, se arrastró lentamente hacia su nuevo objetivo. Yacía no muy lejos de allí, si tenía suerte, la batería no se habría acabado, llamaría a Ángela, su querida Ángela, su amada Ángela, la cuidaría, la besaría... y sus niñas, sus preciosas niñas...

miércoles, 13 de octubre de 2010

Cascabeles en el desierto. Capítulo VI.

El teléfono apenas sonó una vez y Ángela ya había descolgado. "Nada de nada", eso había dicho Pedro. Seguirían buscando mañana por la mañana. De noche no podían salir a buscar a nadie por aquel abrupto lugar, si es que Marcos estaba por allí. La pena pesaba cada vez más y se le agotaban las excusas para las pequeñas. "Un viaje de trabajo", muy socorrida solución. Cada vez que pronuciaba esa palabra, trabajo, se imaginaba a su marido encima de alguna secretaria. Encima estaba lo de Pedro. Menuda situación. Es muy difícil recurrir a tu amante ocasional para que busque a tu marido. Quizás amante sea una palabra demasiado grande. Ella ya sospechaba de Marcos, pero se hacía la loca por el bien de su hogar ("qué rara estás últimamente, cariño", afirmaría el infiel). Creyó que sería algo transitorio, pero cuando se ama de verdad, basta una pequeña chispa para provocar el peor de los incendios y, al final, se hizo insoportable llevarlo sola.

Y allí estaba Pedro. Fué tan amable aquel sábado. Aparcada en el arcén llorando una de las miles de veces que lloraba por su culpa, paró el coche patrulla al lado del suyo, creyendo que tenía alguna avería mecánica. "Que va, lo mío es una avería del corazón", le dijo entre lágrimas. Cariñosamente, él había pasado su enorme mano por su mejilla: "Nadie debería hacerla llorar". La acompañó a casa. Agradecida, le invitó a pasar y sin saber muy bien cómo, acabaron haciendo el amor ("estuvieron mancillando mi lecho", diría Marcos). Nunca había estado con otro hombre que no fuera Marcos. La ternura de aquel momento, de aquel Acontecimiento, no la alivió precisamente. Más bien todo lo contrario, le hizo recordar más aún sus disecados momentos felices con su marido ("siempre te amaré, aunque te conviertas en una foca, con bigote y todo" solía decir él). Una añoranza imposible de superar, ni siquiera en los brazos de un hombre tan encantador y bueno como Pedro.


Su único encuentro lo cambió todo. Si ella se arrepentía tanto de lo que había hecho, estaba convencida de que antes o después a Marcos le pasaría igual. Todo sería como antes. Se amarían como colegiales para siempre. Así que decidió mirar para otro lado y soportar la carga el tiempo que fuera necesario. Pedro lo comprendería. Iba con su carácter. Lo suyo no había significado nada más que sexo. Un intercambio mútuo de placer en un momento delicado, nada más. Nunca nadie sabría nada de ésto. No se volverían a ver. Pero cuando Marcos desapareció, se vió desamparada. Sabía, todo el mundo lo sabía, que Pedro era el mejor en su trabajo, todo el mundo confiaba en él. Así que esa misma mañana le había llamado. No le defraudó, apareció rápidamente y no puso objeciones en ayudarla. Todo parecía normal, ni rastro de resentimiento. Era un buen tipo.



No se molestó en acercarse a la cocina. No podía comer. Los nervios ocupaban el lugar que le correspondía a la comida que tanta falta le hacía. Le daba igual. Tumbada en la cama, sola, sin poder alargar un brazo para tocar a su Marcos. Sin notar su calor cerca, su acompasada respiración que como una canción de cuna la mecía hasta que se dormía profundamente. No podría soportarlo. Si él faltara, no podría vivir."Yo tampoco", habría dicho sin dudarlo él hace unos años, pero ahora...

sábado, 9 de octubre de 2010

Cascabeles en el desierto. Capítulo V.

Cuando abrió la puerta y la vió en albornoz se estremeció. Seguro que ella no notó nada de su terremoto interior. En un segundo su mente fué bombardeada por imágenes de su cuerpo desnudo, de sus preciosos pechos. Tan reales como si los estuviera viendo ahora mismo, como si ahora pudiera acariciarlos, lamerlos, sentir su extrema suavidad... La miró y vió que movía los labios pero no logró escuchar lo que le decía, así que saludó:"Buenos días, Ángela". Juntos pasaron al salón. Ella le ofreció un café y se marchó rápidamente a vestirse. Pedro se quedó sentado en el sofá. Meditabundo y nervioso. No podría aguantar mucho más tiempo de incertidumbre. Ángela apareció de nuevo. A pesar de llevar ropa un par de tallas más grande que la suya (serían probablemente de su marido), la visión le hipnotizó de nuevo y el torrente de imágenes sexuales corrompieron de nuevo su estricta y controlada mente.

-Marcos ha desaparecido-,soltó ella sin anestesia.

-¿Cómo?.

-Que no ha vuelto a casa desde hace dos días. Le he llamado al móvil y no me contesta. Se fué el martes por la tarde no se a dónde. No sabía que hacer, ya sabes que no nos va muy bien.

"Y que lo digas", pensó él. Respiró aliviado, parecía que él no se había enterado de nada.

-¿Y no tienes ni idea de la dirección que tomó?.

- No, sólo sé que se ha llevado el cuatro por cuatro, es posible que fuera por las pistas del desierto a darse una vuelta para despejarse...No sé, lo mismo, lo mismo no quiere volver.

Lo que menos le apetecía era consolarla por aquello, por lo menos consolarla así. Sin saber que decir, el silencio duró poco y ella comenzó a hablar de nuevo:

-Lo siento Pedro. Siento pedirte ayuda en ésto después de lo que pasó. Ya sabes...fue un momento complicado.

El Acontecimiento, si, cómo lo iba a olvidar. Tras prometer que haría lo que fuera salió rápidamente en dirección al desierto. Era una zona algo apartada con pequeños barrancos. Si el cafre de su marido había sido generoso con el acelerador podía fácilmente haberse despeñado. Sorprendentemente se descubrió esbozando una sonrisa. "No estaria mal, ¿verdad?",parecía como si una parte dormida de su cerebro hubiera cobrado vida de pronto, "así sería tuya, toda tuya, ese gilipollas no se la merece". Si hubiera tenido a su compañero de patrulla sentado al lado éste hubiera visto cómo se sonrojaba exageradamente. El "durmiente" siguió con sus tribulaciones: "Te la podrías tirar siempre que quisieras, vivirías como en esas películas románticas, no como ahora, solo como un perro guardián". A punto de abofetearse para volver a la realidad, frenó en seco. Una nube de polvo blanco rodeó el Ford. "Esto no está bien, estas chorradas no están bien" se repetía para sí. "El deber, eso es lo que importa, lo que realmente importa".

Deshecho en sudor, se bajó del coche patrulla. Necesitaba aire, aunque fuera ese jodido aire calentorro. Unos segundos después y justo cuando estaba a punto de abrir la puerta de nuevo, reparó en algo. Como a unos treinta metros había algo tendido en el suelo. Era alargado, como una rama de árbol, pero, lógicamente, el árbol más cercano estaba a cincuenta kilómetros de allí.

Se aproximó contrariado para descubrir que lo que parecía un pedazo de madera era una serpiente muerta. Lo que no esperaba encontrar eran las huellas de un frenazo, posiblemente por evitar inútilmente atropellarla, que giraban a la derecha y se perdían en el borde del camino. Como un gato curioso siguió las marcas hasta el inicio del barranco y miró para abajo.

Allí estaba, el maldito coche rojo. Habia restos por todo el terraplén. Al coche le faltaba una puerta y agudizando un poco la vista vió que había un ocupante en su interior. Era Marcos. Miró fijamente durante unos segundos. El durmiente apareció en escena: "Mira, parece que el muy cabrón está vivo, tiene suerte hasta en ésto, a no ser que...". No, no podía hacer eso. ¿Iba a bajar y pegarle un tiro?, ni de coña. "No hombre, no , pero a lo mejor podría ser que tú nunca hubieras pasado por aquí. Un tío en el desierto, herido, sin agua ni comida no duraría mucho. Los accidentes son así". Dió dos pasos para atrás, en ese momento pareció que Marcos giraba su cabeza hacia dónde él se encontraba, Aterrorizado, Pedro se giró, se montó en el coche y dejando una tremenda estela de polvo, se dirigió a la comisaría.

viernes, 8 de octubre de 2010

Cascabeles en el desierto. Capítulo IV.

Incomprensión. Incomprensión y estupefacción. Todo aderezado con congelación. ¿Cómo es posible que en plena ola de calor en Julio una persona se encuentre al borde de la hipotermia?. Tras la parada obligatoria provocada por su desmayo, ahora todo era movimiento. Marcos no paraba de tiritar. Las noches en el desierto son frías, eso creía haber escuchado en algún documental, pero seguro que el tío que rodó aquel coñazo no estaba en manga corta y bermudas dentro de un coche hecho una puta mierda y con una pierna atrapada. "Me cago en la puta", repetía sin cesar el pequeño grillo cerebral que le hacía compañía. Su "consuelo de los tontos" era que por lo menos tenía musica. Axl Rose se estaba jodiendo la garganta pegando berridos como un animal en "Welcome to the Jungle". Automáticamente su mente viajó unos cuantos años atrás. Y ella se coló inevitablemente en su mente. Juntos desde el colegio. Eran muchos años ya, demasiados para mantener el interés. Sonaba mal, pero ¡qué cojones!, el mundo estaba lleno de tías buenas que se morían por follar con él. "Eres un capullo", el amiguito invisible hablaba de nuevo,"un capullo y un hijo de puta, que tienes dos niñas". Tenía razón, y precisamente por aquellas dos estrellas no habia mandado todo al carajo.


El esfuerzo por no pensar en aquello no daba sus frutos y encima la puta pierna no dejaba de dolerle. El salpicadero se había convertido en un cepo junto con el pedal del acelerador. El bloque del motor estaba a un par de metros de distancia y seguro que su destrozado pie asomaba por el otro lado del frontal. Cambió sus atormentados pensamientos familiares por los de la posibilidad de que perdiera el pie por la gangrena. ¡Joder, pues si que estamos animados esta noche!. No sabía que hora era, el reloj del coche "murió" en el accidente, ni siquiera si era el mismo día que salió de casa. Ni idea del tiempo que había estado inconsciente. Ni se acordaba de cómo coño se habia dado esa tremenda hostia.


De pronto, a unos diez metros a su izquierda, vio algo, algo que parecía... que parecía... "No , no puede ser, no me jodas, eso no es una jodida luciérnaga". En medio de aquella negra inmensidad, una luz parpadeaba. Era su teléfono. "Mierda, mierda, mierda", la vocecilla tronaba en su cabeza. Tras unos impotentes segundos de contemplación, la luz se apagó definitivamente. Aquella escena se repitió unas cuantas veces aquella noche, hasta que probablemente la batería dijo basta. O hasta que el interesado (o interesada) se cansó de no recibir respuesta. Ella volvió a su mente. Seguro que estaba preocupada. Siempre estaba pendiente de todo, el día que ella no se despertara probablemente este mundo dejaría de girar. Y él se lo agradecía coceándola. Eso sí, sin que ella supiera nada. Y, en sus últimos segundos de necedad, acarició el dedo dónde debería encontrarse un anillo. Un calambre le recorrió el magullado espinazo. ¡Imbécil!, gritó en medio de la nada, ¡eres un puto gilipollas!.



Lo sabía, seguro que lo sabía. Lo habría encontrado en algún bolsillo de su ropa al lavarla. "Hay que ser inútil", le regañó su "otro yo". A lo mejor no caía en la cuenta con un poco de suerte, pero eso era insultar la inteligencia de su mujer. Fijo, fijo que sabía que iba "tapando agujeros" por la oficina. Ahora todo era distinto. El juego secreto había sido descubierto. Sentía vergüenza y pena. Vergüenza por sus hijas cuando supieran que su papá se follaba a todo lo que caminaba. Pena por su esposa. Tan dulce y guapa para todo el mundo menos para él, una diosa era poco para él, un capullo con la crisis de la mediana edad que ligaba con chicas veinte años menores a las que impresionaba con su experiencia. ¡Joder!, gritó, a la vez que golpeaba con furia el volante. El claxon comenzó a sonar estrepitosamente. "Si señor", habló el compañero, "ahora lo acabas de arreglar". Durante un par de horas el claxon, la radio y el avisador acústico se encargaron de finiquitar la batería del coche.

jueves, 7 de octubre de 2010

Cascabeles en el desierto. Capítulo III.

Ni con esas tremendas ojeras que en vano habían intentado eclipsar sus bellos ojos verdes podría decirse que tenía mala cara. Las preocupaciones la consumían un poco cada día, adelgazando algún kilo ("no hay mal que por bien no venga", diría su marido) y restándole parte de su reparador sueño ("ya dormirás en la caja", otra frase típica de él). El obligado alboroto que iba de la mano al preparar un desayuno para dos niñas había dejado paso a un silencio que ya lo quisiera más de un velatorio. Ahora, sola, su cabeza no paraba de trabajar y trabajar. Tras subirse las crías al autobús, se acercó al dormitorio. Se despojó del camisón, dejándolo caer hasta el suelo de madera. El sol no pudo más que dibujar su preciosa silueta, acariciando su contorno con su cálida luz. Tras unos lentos pasos, entró en el baño. El espejo le devolvió una imagen que hasta a ella le pareció hermosa ("estás para mojar pan dos veces", dijo otra vez la voz masculina en su cabeza). A cualquier persona le habría parecido lo mismo. No era precisamente joven, pero si vestida conseguía que los hombres volvieran la cabeza para contemplarla, ahora seguramente caerían de rodillas para adorar su templo.

Mientras el vapor convertía la ducha en una improvisada sauna, ella no dejaba de recordar con melancolía los primeros años de su matrimonio, cuando la felicidad había amurallado su mundo. Cuando cada noche se acostaba con la misma sonrisa que nació al despertarse por la mañana. Cuando él la tocaba con paciencia y ternura. Cuando hablaba con ella a través de sus preciosos ojos color caramelo. Cuando sabía que era la única para él... Cerró bruscamente los ojos y a pesar de que el agua hervía, a ella le pareció por un momento que se había duchado con hielo. Cogió el albornoz y con una toalla secó con mimo su rubia melena. Un poco de crema repartida suavemente por el cuerpo ("me estoy poniendo malo" diría el traidor).

"¡Maldita sea!", masculló. Era imposible sacarse la idea de la cabeza. La imagen de verle con otra mujer. Todo por culpa de aquel nuevo trabajo. La oficina era un hervidero de jovencitas bien vestidas ( "más apretadas que los tornillos de un submarino") y él era un tipo bastante atractivo. Había perdido algo de pelo con la edad, pero tenía planta. Lo que no sabían esas zorras es que era un hombre casado con familia. Lo sabía porque encontró su anillo de casados en el bolsillo de la chaqueta. Seguramente se le olvidó ponérselo al salir del trabajo. Tantas horas extras, tanto trabajo acumulado, tantas mentiras... El mar se desbordó. Ni aquel tupido albornoz pudo contener la marea de lágrimas que regó sus mejillas. Pero ni siquiera en aquel momento dejó de brillar. Era hermosa y eso era inevitable ("para lo que te sirve", espetó el mentiroso). Igual de inevitable era amarle y preocuparse por él. Maldito amor.

Fuera, el sonido de un motor hace que salga de su autocompasión. Le sigue un ruido metálico y varios firmes pasos. Como una adivina, acierta el momento justo en que suena el timbre. Se levanta. Como una adivina ya sabe quién es. Como una adivina sabe qué le dirá él, pero eso no evita que el nudo en el estómago juegue con sus entrañas. La alta silueta del hombre que impaciente espera en el exterior es muy familiar para ella, quizás demasiado.
-Hola, gracias por venir tan rápido.
-Buenos días, Ángela.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cascabeles en el desierto. Capítulo II.

No tuvo ni una triste oportunidad el despertador de la mesilla. Hacía más de una hora que Pedro se había despertado. Era lo habitual últimamente, esperar a que apareciera poco a poco el puñado de elipses luminosas proyectado en el techo a través de la persiana al alba. Su organizada y prusiana vida se habia visto alterada por el Acontecimiento. A sus cincuenta y cinco años todavía le llamaban "Pedrito". Era el típico tío del que todo el mundo se fiaría. Ni encontrándotelo en un túnel oscuro con un machete en la mano pensarías otra cosa que no fuera que lo necesitaba para untar mantequilla en el pan. Vivía solo en un piso que heredó de sus padres hacia diez años y ni siquiera se había preocupado de cambiar un sólo cuadro. Todo seguía igual, como si el tiempo se hubiera parado en aquellos sesenta metros cuadrados. Sólo una cosa había mancillado aquel lugar, su medalla al mérito policial. Hacía tres años que había evitado una matanza en un atraco a un banco disparando al pirado que pretendía ejecutar a todos los rehenes. Nunca había disparado a nadie en su vida. Es curioso que tenga mérito matar a otra persona, pensaba. Pero eso no era lo que le quitaba el sueño. Era su trabajo e hizo lo que debía. El deber no provoca mala conciencia.

Se afeitó rápidamente tras la ducha. Su unica concesión al presumir fueron unos pequeños tijeretazos en su cano bigote. Un rápido vistazo al brillo de los halógenos en su gran calva para concluír el ritual de acicalamiento matutino y directo al único vicio que se permitía (bueno, eso era antes de...), el café bien cargado. Última comprobación antes de salir a la jungla, revisión concienzuda de puertas, ventanas, grifos, sin dejar escapar el nudo de la corbata y las rayas hechas con tiralíneas de vapor del uniforme. Pistola impoluta y con el seguro, no queremos problemas.

El autobús parecía un microondas. El calor de este verano era especialmente fuerte. A Pedro sólo le preocupaba que el sudor mojara su impecable camisa almidonada y mimosamente planchada. En poco más de quince minutos se apeó en la comisaría.
-¡Pedrito, tienes un mensaje!, le espetó la telefonista nada más cruzar la puerta. ¡Qué extraño!, a él nunca le llamaba nadie a las ocho de la mañana al trabajo. De hecho, no le quedaba familia, a no ser que fuera...Pero no, no podía ser.
-Es de Ángela, parecía urgente pero no me ha dicho nada más.
Un imperceptible temblor se apoderó de su párpado derecho, pero a él le pareció como si le dieran una tremenda bofetada. ¿Cómo se le ocurría llamarle aquí?
-Me ha comentado que si te podías acercar a su casa durante la patrulla.
Hasta una persona tan derecha e imperturbable como Pedro fué incapaz de evitar tartamudear.
-De...de...de...acu...acuerdo.
El sudor se había apoderado de sus axilas y su frente parecía repleta de rocío. Algo malo, muy malo, algo horrible tenía que haber pasado. ¿Se habría enterado?. ¡Mierda!. Si que estaba mal la cosa, si esa palabra era capaz de resonar en su cabeza como el eco en una cueva.

Salío por detrás y se montó en el coche. Su mano temblaba ligeramente y el llavero tintineó contra las llaves. Arrancó y permaneció unos segundos con la mirada perdida. Con esa misma mano temblorosa agarró la radio y acercando el micro a la boca, con tono serio y forzadamente natural rezó su habitual discurso:
- Aquí patrulla veinticuatro, agente Pedro Millán procediendo a realizar la ronda, marcho camino del Espartal, cambio.
Un lejano y aburrido "De acuerdo" fué todo lo que recibió por respuesta. No esperaba más, tenía cosas más importantes de las que ocuparse esa mañana, tenía que ocuparse de ella.