ADVERTENCIA: Algunos contenidos de este blog pueden herir la sensibilidad de la gente sin humor o con problemas de tránsito en el tramo final de su orto. La ironía es clave aquí. En caso de intolerancia, consulte a su proctólogo.

viernes, 27 de mayo de 2011

Semana Santa en Potes I



Con las 24Doce ocupando mi mente y todo mi tiempo no os he podido contar nada de nuestras vacaciones en Cantabria. Estuvimos en el Parador de Fuente Dé una noche, más que nada porque nunca habíamos ido a un Parador y queríamos saber qué se siente. Pues de primeras dolor en el bolsillo, luego placer por dormir en una cama de 2x2 y tener un pedazo mirador y finalmente empacho por tener un desayuno buffet con, entre otras muchas cosas, migas, morcilla con huevos fritos y cosas de esas que nunca desayunarías en tu sano juicio.


Debería haber un endocrino por habitación para controlar a los clientes. En fín, un entripao tras otro que nos cogimos. Alubias con venado para comer en el restaurante el Urogallo (¿de qué me sonará a mí el animalejo éste?), cocido liebanés en El Oso. Chuletón para Belén (aparte de que hizo una amiguita y ahora no hay quien le quite la perra de la perra...)y un sinfín de alegrías gastronómicas.


El plan, a la vista está, era más bien tranquilo. Solemos ir a la montaña a pegarnos palizas andarinas, pero esta vez queríamos descansar en la naturaleza. De hecho, alquilamos un apartamento rural con jacuzzi en ¡el dormitorio!, sí, sí, y con piscina cubierta y sauna (fuera de la casa, claro). Como unos reyes.


Sólo hicimos una ruta en los cinco días que estuvimos, que os contaré después porque tiene para rato, entre otras cosas porque dos días estuvo lloviendo como si no costara. Os pongo un vídeo con el pobre Dacia, que se llevó lo suyo por las pedregosas pistas del lugar. Disfrutamos como enanos haciendo el cafre con el blanquito.




Con el clima un poco revirado chupamos carretera y manta, fuímos a Bejes, un pueblo cerca de la famosa subida a Tresviso, cuya carretera sale del mismo desfiladero de la Hermida. Si creeis que las carreteras de allí son estrechas, es porque no habéis cogido la que sale de este pueblo hacia una ruta de senderismo. Se veía todo el pueblo desde arriba. Cabía el coche de coña, con un barranco al lado que te quitaba la tontería. La pobre Belén sufrió lo suyo, sobre todo cuando llegamos a un paso al que le faltaba un trozo de carretera en la parte exterior. Un subidón. Paseíto por un precioso hayedo, un frío del carajo y vuelta.





El jacuzzi nos dejaba como pulpos apaleados, así que el día antes de volvernos nos fuímos a hacer puertos, pero no como suelo hacerlos yo, a 190 pulsaciones y sudando la gota gorda encima de la bici, si no como los hace la gente con cerebro, en el cochecito y parando a hacer fotos. Subimos el puerto de San Glorio y allí tuvimos un momento de zoofilia (no sería el único).




Eso sí, conseguí dominar a la bestia:




Unas vistas impresionantes desde el mirador de Llesba:




Acabamos llegando a Posada de Valdeón, pueblo ahora más conocido si cabe porque allí vive Jesús Calleja, el desafiador extremo, todo después de recorrer una preciosa carretera por el fondo de un valle.




Estábamos a tiro de piedra de Caín, final-inicio de la famosa Ruta del Cares. Nos comimos unos huesitos y unas nueces (por si no hubiéramos comido suficiente), fotos de rigor y vuelta a la casita.





En fín que vinimos más que reposaos. Me estoy aficionando al pereceo en las vacaciones. Al final van a tener razón y las vacaciones son para descansar...


miércoles, 25 de mayo de 2011

24Doce: El infierno del Norte IV






Pues ya está aquí la última entrega del tostón que os he estado soltando últimamente. Por fín dejó de llover y la presión que tenía (teníamos) encima se fué como las tormentas. Teníamos la vuelta más rápida, que en caso de empate nos daría la victoria, además de contar con una vuelta y pico de ventaja sobre los segundos. La cosa estaba casi hecha. Me vestí con la equipación que habíamos encargado hacía bien poco en memoria de Javier. Era mi pequeño tributo a su memoria. Tan relajado estaba que cuando ví aparecer a Luís por la zona de meta acabando su turno yo estaba a medio vestir. Atropelladamente salí sin guantes y sin abrocharme el casco, pero el Guardia sabiamente me recomendó que me vistiera tranquilo, no fuera a olvidarme algo, vísteme despacio que tengo prisa...




Cuarto Relevo:



Luisito lo había dado todo sabiendo que ya acababa el jodío, así que me pilló en bragas. Salí a toda leche. El suelo no estaba tan pegajoso, así que subí a buen ritmo. La primera curva cerrada me recordó que no tenía más que freno delantero y a punto de morir. El susto me duró poco por lo visto, porque en la primera bajada me tiré como si tuviera los frenos de un fórmula 1. Me marqué un fuera de pista por el sembrado que me puso los pelillos de punta y terminó de finiquitar la nano-micra de compuesto que le quedaba a mis pastillas delanteras. Era gracioso (para el que fuera detrás de mí, no para mí que no me hacía ni puta gracia) ver cómo me dejaba caer por las bajadas con el culo en pompa y buscando el barro más profundo y pegajoso para que absorbiera mi inercia. Aún así no desmonté y me congratuló el ver que había gente con sus frenos funcionando que bajaba más lento, o incluso desmontado, que yo. Eso no evitó que por primera vez me adelantara un tío en la carrera. Para muestra un botón, mis pastillas de freno:




La segunda y última vuelta fué algo más lenta, pues la cadena, abnegada, complaciente y resignada durante más de 20 horas, se rebeló un par de veces y me hizo poner pie a tierra. Eso y que me estuve todo el rato acordando de mi inolvidable compañero de trialeras. Javi me empujó ese culo que me pesaba como el plomo. Esa última vuelta hacia la victoria te la diste tú con mis piernas y mi corazón. Al llegar, Diego y yo estábamos tiernitos. El Guardia también las pasó canutas por lo mismo. El cansancio y la emoción nos hicieron llorar como magdalenas. Al final Carlos se dió una vuelta más y ya estaba todo el pescado vendido. Ducha, comida, lavar la bici, ropa protocolaria del equipo, recoger las carpas y demás... La última ristra de obligaciones. ¡Ya éramos campeones de Madrid!



Las sorpresas, como dicen que ocurre con las desgracias, me vinieron de tres en tres, pues mientras esperábamos la entrega de trofeos en el pabellón cubierto, unos pequeños bracitos rodearon mi cintura y al girarme vi a la última persona que esperaba (pero deseaba) ver. Belén había venido desde Getafe a todo cisco (adelantando coches y todo...me temblaban las piernas, decía) para no perderse este momentazo. Yo no reaccionaba y todos se descojonaban de la cara que se me quedó. Subida al pódium, sonrisa de capullo en la cara y ojillos de cordero degollado para las fotos. La siguiente sorpresa fueron los premios, aunque podían no haberlo sido, a saber: Un paraguas (y no es irónico, real como la vida misma, sería para protegernos del sol que ahora si brillaba en el cielo), una medalla que en realidad era un disco de freno (mejor unas pastillas hombreee...), un CamelBak de un litro de capacidad (¿?) y un trofeo...para los cuatro. Por supuesto que nos regalaron el maillot rojo que pone campeón, pero vamos, que después de la paliza que nos dimos y lo mal que lo pasamos, sin contar con lo que cuesta la inscripción, pues vamos, que nos quedamos un poco...fríos. En fín que como no competimos para ganarnos la vida (si no mal íbamos...) sino para demostrar lo machotes que somos, pues nada, que me dió igual que fueran un poco rácanos. Sólo el pensar que el resto de gente que acabó sólo se llevó una camiseta sufriendo como poco igual que nosotros, te hace apreciar mucho más la situación.








Y el remate fue la entrevista que nos hizo Juan Manuel Montero. Muchos no sabréis quién es. Pues sencillamente es el tío al que todos queríamos imitar al principio de los noventa tras verle en "Al filo de lo imposible" hacer diabluras con una Trek roja por la sierra y por todas las escaleras que se encontraba por el centro de Madrid. Es redactor y probador (más bien exprimidor de bicis) de la revista de ciclismo BIKE (que leo desde hace más de quince años). Me hizo mucha ilusión conocerle, una persona muy agradable y que curiosamente nos dijo que tenía toda su admiración hacia nosotros por haber acabado y ganado aquél infierno. Lo mismo que le dije yo a él al acabar la entrevista. Admiración mútua.



Con mi pegajosa siamesita Belén (y uno que no se deja querer casi...) me largué para mi casa a echarme una siesta de dos horas (que el sueño está contado, no hay que abusar) que me dejó más agilipollado que otra cosa. Eso y a comer y beber como una lima durante dos días. La semana siguiente fué un poco jodidilla por el cansancio, pero aún así no dejé de salir con la bici (vicio que tiene uno). Enrique nos regaló las reparaciones de las bicis, un detallazo, pero aún así las secuelas del barro nos costarán unos cuantos euros a la larga. Pero me dá todo igual, por una vez en mi vida he ganado algo y nada me lo va a fastidiar...



P.D.1: La organización le quiso tangar al otro equipo Enbici unas vueltas, perdiendo momentáneamente la octava posición. Tras un par de reclamaciones por fín se ha solucionado el tema, al César lo que es del César. Enhorabuena.


P.D.2: Gracias a todos los que animásteis, ayudásteis, nos hicísteis reír, acompañásteis y muchos más ...ásteis.



P.D.3: Gracias Patrón por apuntarme voluntariamente a esta tremenda experiencia.



P.D.4: Gracias churri por animarme en todo el bajón y por venir como el Vaquilla por la carretera de Colmenar sólo para verme encima de un cajón con mallas apretadas.



P.D.5: Gracias Javi por hacer de ésta carrera que tanto te gustaba mi carrera también. Va por tí.



El triunfo es tuyo y para tu familia. Un abrazo.




miércoles, 18 de mayo de 2011

24Doce: El infierno del Norte III



Belén aprovechó mi escapada para salir con sus amigas de farra. La llamé a eso de la una de la madrugada para contarle mis penas. Me consoló como buena novia y yo me quedé con mejor ánimo. La hipotermia era sólo un mal recuerdo y me acoplé como pude en el asiento trasero para intentar dormir un poco. Creo que llegué a dormir unos cinco minutos, porque me desperté yo solito de un ronquido. No suelo roncar y mi cuerpo se asusta con el rugido del oso, así que se jodió el dormir. Me acurruqué un rato y al final decidí dejar de hacer el tonto y tomarme algo calentito en la cafetería del polideportivo. Me incorporo y ¡sorpresa!, me pegan dos calambres por la parte posterior de los muslos. Se me quedan las dos piernas como dos alitas de pollo. Con cuidadín estiro las patas sin saber que más tarde descubriría que es un mal endémico de los miembros de mi equipo, todos igualmente acalambrados. Bajo la lluvia (cómo no...) cruzo un mar de barro y me aprieto el cóctel resucita-muertos, a saber: Un té hirviendo y un café con leche escaldador de lenguas y a la postre, ambos, escurribandores intestinales en sólo quince minutos. El chute de teína-cafeína me hace ir casi corriendo hasta la carpa. Los que están allí flipan conmigo porque parezco otra persona distinta. Menudo subidón. Mis luces las está usando Carlos, así que cuando vuelve las monto a toda prisa (luego me acordaría de ello) y me sorprendo a mí mismo ansioso por salir bajo la lluvia. No me importa que ya no tenga guantes ni zapatillas secas. Se ha marchado mucha gente, no quedan casi tiendas de campaña y se ve poco movimiento. Algún tío hecho y derecho abandona entre lágrimas. Vaya tela.

Tercer Relevo:

Una persona que está bajo la carpa con voz cavernosa dice ser el Guardia. Su aspecto es igual, pero no me fío mucho. Sale a hacer su relevo mientras otra persona que se acerca a mí dice llamarse Luís y ser de mi equipo dispuesto a darme su chip, pero yo no lo tengo muy claro porque sólo el blanco de sus ojos destaca sobre el marrón de la totalidad de su cuerpo. Su voz se parece, sí, pues sí, es él. Me coloco la tobillera y enciendo las luces. El frontal dice que si eso, que otro día que ahora no le sale de los cojones encenderse. A grandes problemas, grandes soluciones. Luís me deja su casco con su frontal (después de ajustarle las correas porque según él mi cabeza es más gorda que la suya, no te joe...) y salgo tan rápido que me dejo la luz trasera sin poner. Me paro, la coloco y vuelo sobre el agua como Jesucristo. Voy sin chubasquero a pesar del tormentón, ya no caeré en el mismo error. Poco ha cambiado el camino desde la última vez, más barro, más agua y más roderas no puede haber. Adelanto a otro huevo de gente, voy muy sueltecito y el cóctel parece funcionar de lujo, tanto, que voy tan follado que le pido paso al Guardia sin ni siquiera darme cuenta de que es él hasta que me pega una voz. Un medio gruñido a modo de saludo y yo a lo mío, que no he venido aquí a hacer amigos, je je je. La poca gente que queda dando voltios se comporta estupendamente, apartándose y parándose incluso para dejarme pasar, animándome y preguntando si somos los primeros. Pues sí, hemos aumentado la ventaja sobre los segundos. Muy pero que muy bien.

Dos vueltas muy guapas y rápidas que me doy disfrutando más de lo previsto a pesar de que por las prisas no coloqué firmemente el foco en el manillar y se va girando cada vez que cojo un bache. Me llevo un susto al final porque me quedo sin freno trasero. Las pastillas están muertas. Llego a meta y me encuentro a Carlos en vez de a Borja. Va a hacerse una vuelta porque a partir de las 8 de la mañana (son las 7:30) hay premio para el que dé la vuelta más rápida, así que luego se dará Borja dos seguidas. Pues nada, otra vez a la ducha, a lavar la bici, engrasar, comer, etc... La rutina me sale automáticamente. La luz del sol permite vislumbrar los primeros caretos demacrados de la gente. El hastapollismo es la nota general. Luís se amotina y dice que en el último relevo sólo va a poder dar una vuelta. Yo hago todo lo rápido que puedo mis cuentas matemáticas. ¡Cago en la puta, que me toca otra vez dar dos vueltas y descansando una hora y pico menos!. Pues nada, como no he hecho la mili, me tendré que hacer hombre aquí. Un poco de quesada, un trozo de tarta de manzana del Guardia y otro café para recuperar. Por lo menos es de día y no llueve después de 15 ó 16 horas sin parar. Mis compis del otro equipo van octavos o décimos, no lo tienen claro, a pesar de que algún relevista se ha quedado sobado y las fuerzas de otros comienzan lógicamente a flaquear. De lujo.

martes, 17 de mayo de 2011

24Doce: El infierno del Norte II





Por si el frío y el agua no fueran suficiente, el airecillo que corría era ya la puntilla. Me zampé medio tupper de arroz con atún como si estuviera comiendo langosta. Tanto Aquarius y barritas acaban por saturarte las papilas gustativas de dulce, así que agradecí ese toque salado. Había venido a vernos Chema y su familia. Apareció Robertín, el Ardilla Pedro y algunos más. Apareció el Patrón con mala cara sintiéndose culpable por habernos metido en aquel fregado. Nos lavó las bicis en los relevos, trajo repuestos, un abrigo para mí que dejó Belén en la tienda, nos ayudó a montar las luces...servicio técnico de lujo, vamos. El otro equipo de Enbici formado por el Guardia, Diego, Alberto y Richard iba bastante bien a pesar de haber perdido Alberto su chip personal. Fué un buen susto pues pensábamos que no contaría las vueltas del equipo (por suerte para eso estaba el chip "viajero" del tobillo) pero se quedó sólo en los 10 euros que costaba el perderlo, además de que no te contaba los tiempos parciales de tus vueltas. Yo estaba a punto de salir, con la incógnita de no saber cómo sería eso de montar de noche. Llevaba un frontal en el casco y un foco en el manillar cortesía del Patrón y un mega-súper-foco de los chinos que me dejó Rober el Vagco.


Segundo Relevo :


En la carpa de los relevos nos apiñábamos todos los ciclistas como ovejas en un rebaño. Caía tanta agua que decidí salir con el chubasquero puesto (nunca me lo pongo) y con los guantes y zapatillas de invierno con Gore-Tex. Luis aparece a lo lejos con las luces ya encendidas, la última vuelta se la ha hecho casi de noche. Tenemos que lavar con el agua del bidón el velcro del chip porque se despega el muy mamón. Luis viene roto, hasta la polla más concretamente. Enciendo las luces y al ataque. El trazado parece una piscina olímpica, esquivo dos o tres charcos y enseguida me doy cuenta de que es inútil, me voy a empapar en cien metros. La subida inicial está imposible, aún así no me tengo que bajar y adelanto a tres tíos. Las luces son la leche, sobre todo la de Rober, parece el foco de una moto. Realmente parece que se hace de día. Me voy animando al ver que veo. El guardabarros es un invento, voy sin gafas y no me molesta nada en los ojos. En las bajadas parece que me han cambiado el circuíto. Están llenas de roderas y muy, muy resbaladizo, tanto que tengo que sacar el pie en una curva porque me voy fuera. Tranqui que queda mucho.


La primera vuelta sale muy bien, treinta y seis minutos, pero el foco de Rober se empieza a apagar solo. Juro que cargué la batería, pero algo debe fallar. Comienzo la segunda vuelta bajo una lluvia torrencial. La meta está desierta y la zona de relevos vacía, la gente no sale a rodar ni a animar. El foco dice basta y con las otras luces no veo muy bien. El frontal del casco se baja solo (supongo que de mojarse el soporte) y tengo que levantar la cabeza mucho para que alumbre a algo más que mi rueda delantera. Me meto por los charcos grandes para que el agua me limpie de barro la bici y la transmisión, que chirría resignada con cada vuelta de pedal. Los frenos suenan como una lija contra el metal del disco. Sufro por la pobre bici más que por mí. Arriba hay niebla y sólo veo gotas de lluvia reflejadas en las luces como infinitos proyectiles hacia mi cara. Me recuerda al Halcón Milenario cuando entra en Hiperespacio y las estrellas se convierten en líneas luminosas. A mitad de vuelta la lluvia da una tregua, sudo un huevo con el chubasquero y el vaho que suelto se pasea como humo por mi haz de luz. He adelantado a mogollón de gente que va literalmente pegada al suelo. Me voy acercando a los tres cuartos de hora en esta vuelta, la tensión de no ver la va pagando mi espalda.


Empieza la última vuelta, no hay ni Dios. Voy un poco castaña pero la idea de que es la última vuelta me da algo de alas. La primera subida me hace bajarme por primera vez. Apenas puedo empujar la bici. Me monto de nuevo. No veo a nadie por el camino. Antes de salir corría el rumor de que pararían la carrera a las doce de la noche. Son las once y algo, no consigo ver bien la hora. Subo, bajo, vuelvo a subir, vuelvo a bajar... Nadie... Ni un alma. Me mosqueo bastante. Mi coco empieza a rebelarse.


Muchas veces se me mete una canción en la cabeza cuando voy pedaleando solo. No consigues que salga y vas tarareando mentalmente a veces una única estrofa durante horas. Si mi cerebro hubiera estado apto, hubiera elegido sin duda Strangers in the Night de Frank Sinatra. Le venía al pelo, pero no tenía azúcar suficiente en la chola para chorradas. Me vengo un poco abajo, casi una hora en dar la maldita vuelta, diluviando otra vez y muerto de frío. Las botas parecen dos peceras y los guantes chorrean cada vez que aprieto los frenos. La cadena no falla pero está casi rígida y fricciona tanto que parece que la voy a partir en cualquier momento. Me duele un montón el cuello de levantar la cabeza para apuntar con el frontal. Ahí está la meta y un huevo de gente me empieza a animar. Jooooder que estoy muerto.


No atino a quitarme el chip del tobillo, me tiembla todo. Borja me pregunta: ¿pero cuántas vueltas te has dado?, a tenor del tiempazo que he hecho. Ttttt rrrrr eeeee sssss, le digo. No hay ni un alma en los relevos. Viendo el asunto, decidimos ir sólo a dos vueltas por relevo. Voy a lavar la bici con una tiritona de narices. Encima hay cola, la gente lava la bici a conciencia para meterla en el coche y marcharse a casa. Llego a la carpa y la gente me pregunta pero apenas suelto dos monosílabos. Me voy a la ducha caliente corriendo. Me entono un poco pero me tengo que poner ropa húmeda y mis Merrell están empapadas, ni la carpa ni el palet han podido evitar que se cale mi único calzado seco. Con los pies calados y con el poco calor que había cogido esfumado, me como lo que queda de arroz. La novia de Borja, Virginia, me ve tan mal que me ofrece su coche, mantas y demás. Se lo agradezco, degluto como los pavos y me voy a mi coche a meterme en el saco con la calefacción a tope. Dios qué mal me encuentro.

lunes, 16 de mayo de 2011

24Doce: El infierno del Norte I

Así llaman a la famosa Paris-Roubaix, una carrera de ciclismo que mezcla asfalto y zonas de pavé, lo que viene siendo toda la vida adoquín, con un poco de tierra y que hace que los ciclistas carreteros las pasen putas encima de sus pobres flacas. Pues me descojono yo de esa competición. El verdadero Infierno del Norte se encuentra precisamente en el norte, pero de Madrid, y se llama Moralzarzal. Allí fuímos víctimas de la climatología como nunca, por lo menos por mi parte. No he estado tantas horas en mi vida bajo la lluvia y rodando por el barro encima de la bici como en la pasada edición del Campeonato de Madrid de Resistencia 24Doce. Como comenté en la anterior entrada, yo iba con un equipo con muchas probabilidades de ganar, así que había que dar todo el jugo posible sin dudar. Dejando que los que sabían nos instruyeran, decidimos dar un primer relevo de dos vueltas. Al final serían cuatro los relevos que daríamos, que detallaré más adelante a modo de capítulos para que el chorizo sea más fácilmente digerible.

Gracias a la experiencia del Guardia, que nos envió un correo detallando lo que nos haría falta a nivel de recambios, comida y ropa, me presenté en Moralzarzal con dos pedazo de mochilas repletas de ropa, calzado y guantes, una nevera con comida y bebida y una bolsa con recambios varios. Me costó un huevo llevarlo todo hasta la carpa que amablemente habían montado mis compañeros la tarde anterior porque tuve que aparcar a tomar por saco del polideportivo. Había 800 inscritos, así que imaginaos el volumen de coches y gente que había por allí. El barro ya asomaba por doquier y el cielo estaba más negro que los cojones de un grillo. Mal rollo. El chiringuito era digno de ver. Tres carpas en serie en una cancha de baloncesto, con un palet para poner las bolsas y que no se empaparan con el agua que corría a sus anchas por el suelo, sillas plegables, dos mesitas y un aparca-bicis. Vamos un lujo que no tuvieron la mayoría de los participantes que se tuvieron que conformar con tiendas de campaña clavadas en el barrizal. A las doce comenzaría la prueba y llevaba ya en pie desde las siete de la mañana. En el Duster me preparé el saco de ¿dormir? a sabiendas de que no pegaría ojo. Y todo el pescado estaba vendido. Yo saldría el último en los relevos. Primero Borja, luego Carlos, Luisito y el prenda lerenda.





Primer Relevo:

Borja salió como un Sputnik, dándose dos vueltas, una de ellas en treinta minutos que fué la segunda más rápida del día, como si le persiguiera el cobrador del Frac. Carlos tres cuartas de lo mismo. Luis y yo nos mirábamos un poco acojonados. El circuíto empezaba a degradarse del paso de las bicis y por la caída de varios chaparrones se estaba formando una piscina en la zona de meta bastante chunga. En la carpa hacía una rasca bastante importante. Nerviosito que estaba yo esperando Luís en la zona de relevos. Me tenía que pasar el chip del equipo que llevábamos en el tobillo y que más de uno ya había perdido por el camino al meterse agua y arena en el velcro que lo sujetaba. Apareció bastante marrón. "Cuidado con las bajadas" acertó a decirme entre resoplidos.

Y es que no nos habíamos dado ni una vuelta al circuíto de 12 kms. "Si vamos a darle mil vueltas en 24 horas, nos vamos a hartar" pensé. Salí escopetado, como si fuera una carrera del Open. La primera subida era infernal, barro espeso lleno de rodadas aderezado con varios pasos por tablones de madera empapados que patinaban como hielo. Una zona de subida más tendida, una bajadita con alguna trampa. Bien, bien, vamos adelantando a gente. Segunda bajada más chunga, algún patinazo por las resbaladizas rocas, un tobogán de barro pastoso y resbaladizo que te invitaba a abrazar a algún pino a siniestras si no te tragabas el muro a la diestra. Bien, bien, seguimos adelantando... Pradera convertida en un cenagal, ¡Dios, la bici no avanza!. Los riñones mueven lo que no pueden las piernas. Puffff, sendero muy rápido con alguna curva que te escupe para afuera. Pista con inmensos charcos, otro paso por un tablón que casi me hace pegar el beso del Papa. Más pista, bajadita y último repecho. Más pista y ¡nos sacan de una estupenda pista para meternos por la hierba!. Casi me dá algo. La bici se hunde un palmo en el suelo. Más charquitos y paso por meta. Treinta y dos minutos, no está mal.




Segunda vuelta, mismo atasco en las mismas zonas. Me quito las gafas porque no veo un pijo por las salpicaduras. Llevo los ojos llenos de tierra y mis lentillas quieren vivir en libertad, fuera de la prisión de mis párpados. No veo una mierda y en las bajadas aflojo un poco. Al coronar antes de la segunda bajada difícil me encuentro una ambulancia con la sirena encendida. Un hombre de la organización nos para. Se ha caído un chaval y se ha fracturado la cadera y la cabeza del fémur. Tenemos que esperar a que le saquen en camilla. Para que os hagáis una idea de lo que patinaba el suelo, los enfermeros se caen al suelo con el ciclista encima de la camilla. Muy mal rollo. Tras un par de minutos, nos dejan pasar sólo por una variante para evitar más piñazos. Se me quitan las ganas de correr bajando. Aún así sólo subo cuatro minutos mi tiempo anterior. Le doy el chip a Borja. Ya vamos primeros.

Ahora toca lavar la bici. Empapado y bajo la lluvia cojo ropa seca y me pego la primera de las cuatro duchas que me dí. A la vuelta, sorpresón. Ha venido Miriam, la mujer de Javi, mi Javi. Menudo detalle. Reparto la quesada pasiega que traje para la ocasión, gastamos bromas bajo la carpa para no pensar en lo que nos espera, pues diluvia tela marinera. Con una botella de 1.5l de Aquarius hago Bricomanía y me curro un guardabarros Special Edition que me salvó la vida ocular a pesar de provocar el descojone general. Ni un sólo grano de arena invadió ya mis miopes ojillos en toda la carrera. Monto las luces en la bici y me entero de que el segundo relevo va a ser a tres vueltas. Hago cálculos, me lleva un rato la verdad, y descubro con estupor que me voy a hacer todas las vueltas de noche. ¡Aiiiiinnnnnnnnn!, me quiero ir a mi casa... Y no soy el único. Me salgo del polideportivo con Alberto, que ya va frito, y veo que hay un montón de huecos en el aparcamiento. La gente se ha empezado a marchar de lo mal que está el percal. Acerco mi Dacia-coche-cama casi hasta la misma puerta. Tengo unas tres horas hasta que me toque otra vez salir. Comer bien, beber mejor.

viernes, 6 de mayo de 2011

Previo 24Doce

Sin duda el evento del año y que desglosaré en una espesa, larga e infumable crónica en unos días, que todavía la estoy macerando. Para que no sufráis en demasía, porque me temo que seré bastante brasas con el tema, os voy a regalar una pequeña introducción acerca de esta carrera, la carrera, pues muchos sois profanos en el mountain bike y seguramente no sepáis de qué va la vaina. Desde hace unos años mis compañeros del club la corren en equipos de cuatro personas durante 24 horas, aunque se puede correr en parejas e incluso sólo o únicamente correr doce horas en cualquiera de las modalidades anteriores. Consiste básicamente en dar el máximo número posible de vueltas a un circuíto por el campo (12kms este año) desde las 12 horas del sábado hasta las 12 horas del domingo. Los más avezados os habréis dado cuenta de que entremedias hay unas cuantas horas de noche. Y ahí está la gracia de ésta carrera. No se para a dormir, si vas a disputarla o a superarte a tí mismo, pedaleando en la total oscuridad con luces (que te tienes que traer tú). Vamos, una locura.

Comerás cuando puedas, te tumbarás un rato entre los relevos de tus compañeros, beberás constantemente, limpiaras y engrasarás la bici en los tiempos muertos, te ducharás n veces... Esa será tu rutina durante un día completo. Sufrirás por no ver en la eterna noche. Ante tremendo estímulo, pues yo como que me había negado en redondo a correr esta carrerita. Mi racimo inicial de excusas se reducía casi en exclusiva a que mi miopía y astigmatismo no me permiten ver de noche (aún con lentillas) más que un pobre gato de escayola. El resto son mariconismos típicos de mí: que qué hago yo dando vueltas como un tonto todo el día... que paso calor por el día... que paso frío por la noche... que no consigo dormir... que no tengo ganas de sufrir...

El destino, y el Patrón, es muy caprichoso y sin comerlo ni beberlo me ví comprometido a ir este año. El equipo que ganó el Campeonato de Madrid de Resistencia el año pasado se había desmembrado. Entre cambios de equipo, fracturas de clavícula y otros líos, necesitaban a dos pardillos para completar el cuarteto. Luis y yo fuímos elegidos democráticamente por estar compitiendo este año con Trek. Yo creía que me vacilaban hasta hace escasamente tres semanas porque TODO el mundo conocía mi verdadera aversión a este evento. Pues no, me la metieron y bien (ahora a posteriori me alegro, pero fuí con motivación nula). Iba a gastos pagos, con luces, carpa y demás. Así que haciendo un verdadero ejercicio de constricción me dí por jodido y decidí dar todo lo que tenía por ayudar a ganar el campeonato de nuevo. Lo siguiente y el making of ya os lo contaré más adelante. Solo añadir que para entrenar con calidad me fuí cinco días antes a Potes con Belén a soltar piernas y agarrar unos cuantos kilos a base de cocido liebanés, alubias con venado y demás manjares ligeros aderezados con largas jornadas de jacuzzi. Como un rey.

martes, 3 de mayo de 2011

El retorno de la húmeda alcayata universitaria

En este título pretendo condensar las dos carreras que corrí antes de Semana Santa. La primera fué el campeonato universitario de Madrid. El año pasado quede tercero y este año me las prometía muy felices hasta que me dí cuenta de dos cosas. Primero, que no podía (o eso me dijeron equivocadamente) competir como universitario sin el carnet de deportes (36 euros del ala, vamos un clavo para correr una sóla carrera). Segundo, que el nivel de inscritos era como el de la parrilla del Open de Madrid. Así y con todo llegué a ir quinto hasta que detrás de un arbusto en una curva aparecieron seis maromos de la nada, nos lijaron a mí y a la lapa chupa-ruedas que llevaba detrás y no hubo gónadas a atraparlos. En un circuíto tan abierto y sin gente vigilando era muy fácil atajar, allá cada uno con su conciencia. Para joder un poco más, el pavo que iba renqueando detrás de mí durante tres vueltas sin darme un sólo relevo me adelanta faltando doscientos metros para meta dejándome clavado y con cara de gilipollas. El duodécimo y a casita un poco mosqueado por alguna gentuza que cree que se llama deportista. Adjunto foto del borrico tirando del carro:





Pero el objetivo real del mes era la marcha de Colmenar Viejo. Una ruta que hemos hecho un millón de veces un millón de domingos y que yo me he negado siempre a correr. Pero este año lo quiero correr casi todo, así que a última hora me apunté viendo que no iba a llover como todos los años. La semana anterior quedamos con los que la organizan para reconocer el terreno y vaya si lo reconocimos. Un calor infernal que nos quitamos de encima algunos de manera poco ortodoxa. Alberto se sumergió de cabeza en el primer vadeo con sólo treinta personas mirando y con instantánea inmortal:




Yo tuve más suerte relativamente en el segundo vadeo, pues mi público se redujo a Alonso y Alberto, si bien mi remojón fué completo a excepción de la cabeza y la mano izquierda. Vamos, que me senté en el fondo del río con la bici encima. Los del club de Colmenar me conocen como el tío de los mazapanes porque cuando salí del agua solté : ¡Hostia, que he perdido los mazapanes!, mientras los veía flotando río abajo. Adjunto foto de mi tó flipao sin haber escarmentado:





Con este plan nos presentamos a la carrera con dudas de si correr o no hasta la misma mañana. Ganas cero y fuerzas justas (eso creía yo). Salida despendolada y si me descuído me pongo a tirar en cabeza. Levanto pedal y al tran tran que son 70 kms. Al final bajo de tres horas, llego el 23 de 900 inscritos, me duelen los riñones, me bajo de la bici y zaaaaasssss!!!, latigazo en la espalda. Me quedo tieso con un dolor muy agudo, tanto que no me puedo agachar. Me quedé como una alcayata. Las pasé canutas, el Guardia casi me tiene que montar en la furgoneta, me desmontó la bici y todo. Yo no me pude ni cambiar de ropa ni quitarme las zapatillas empapadas. Muy mal, en fín, cosas de la edad. Hacía casi dos años que no me daba tan fuerte, precísamente en otro maratón. Un par de días de reposo y listo. Adjunto foto del que escribe a punto de merendarse a un pequeñín que al final me devoró a mí, je, je, je...

jueves, 7 de abril de 2011

El ataque del oso


Redacción de Villa del Prado: Se hace saber a las autoridades, vecinos, visitantes, busca-espárragos, corta-setas y sobretodo ciclistas, que prosigue el bateo por los montes de Villa del Prado y alrededores en busca del temido ejemplar de plantígrado silvestre que campa a sus anchas por la zona. Hasta ahora se ha cobrado una víctima. Su estado es bueno aunque acusa todavía las secuelas del desafortunado encuentro. El tremendo zarpazo propinado por el animal en el otro animal (el ciclista se entiende...) en la zona baja de la nalga izquierda y recorriendo su fornido y musculoso muslamen ha quedado en poco más que unas noches de duermevela y un dolor residual acrecentado por el roce habitual de los ropajes.


Fue el intento de repeler la agresión lo que provocó el revolcón por el suelo y los arbustos bajos del lugar, dejando como dolorosa consecuencia la múltiple inserción de diminutas y jodías espinas por todo el brazo derecho, quizás para compensar el dolor del lado izquierdo. Tres voluntarios de protección civil se afanaron (alguno con demasiada gana) en limpiar pulcramente todas las heridas del sujeto, que se aguantó estoicamente, a tenor de la presencia de otras tres enfermeras-becarias femeninas, las prácticamente incontenibles ganas de soltar un tremendo alarido de dolor que seguramente hubiera provocado la defecación instantánea del plantígrado emboscador. El que escribe estas letras no tiene mal corazón ni malas intenciones, así que omitirá publicar las fotos en alta resolución de la masacre provocada a aquél pobre hombre, que por si alguno no lo ha pillado, soy yo mismo.


Me duele el body por everything centímetro de mi skin... Voy a hacer una rifa para ver si junto lo suficiente para las gasassssss... Esta vez no me han hecho casi fotos, debe ser que la sangre no es fotogénica, pero bueno, gracias a las del Guardia puedo atestiguar que estuve en la tercera prueba del Open de Madrid, que acabé la carrera a pesar de calzármela en la primera vuelta cuando iba séptimo, que terminé el décimoquinto y que según mis estadísticas sólo me caigo en las pruebas impares.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Open de España en la Casa de Campo














Pues la crónica va a ser breve, como lo fué mi mecha haciéndome explotar como un cohete en la segunda de las cuatro vueltas que tenía que dar. Un cumpleaños la noche anterior me dejó al punto, durmiendo sólo tres horas y haciendo una cena de todo menos particularmente buena para rendir a tope, a saber: Torrijas, croquetas, coca-cola, doritos y tarta de chocolate...Vamos, para ir como un misíl. Me pasó como al Ferrari de Alonso, mi motor no subía de vueltas y ya en la salida me adelantó todo dios por todos los lados posibles, incluso por arriba porque el tío de detrás hizo la catapulta y se dió un costalazo de cuidado. Me dolían las piernas mogollón y en la segunda vuelta empecé a perder la trazada en las bajadas del tostón que llevaba. Me recuperé un poco en la tercera vuelta pero me hundí en la última y me robaron la cartera unos pocos sin ni siquiera intentar mantener la posición. Bastante que no me bajé de la bici. Un puesto 46 y los brazos achicharrados del solecíbiris que rondaba por los madriles. En fín un calentón de los buenos, aunque me consuela que no fuí el único que acabó fundidillo, porque había cada careto por allí que no veais. Eso sin contar con los trastazos que se dió la peña. Hasta Hermida, el campeón del mundo, se dió un hostión de infarto. En fín, Serafín, que vinimos a este mundo a sufrir.

martes, 22 de marzo de 2011

La foto que me salvó...

...o la primera anécdota...o la primera aventura. No consigo decidirme por uno de éstos títulos para esta entrada, pero cualquiera de ellos resume a la perfección una historia que me ocurrió hace muchos, muchos años. Corrían los finales de los ochenta y yo contaba con unos diez u once años. Mi colegio organizaba todos los años dos o tres salidas de varios días a la montaña. Preparaban rutas de senderismo, acampada y cosas así. La mayoría de mis compañeros llevaban hacíendolo varios años, pero a mí, quien me lo iba a decir, no me llamaba la atención lo más mínimo. Digamos que por aquellas fechas yo era de complexión perezosa. Nunca había salido del abrigo de mis padres más que alguna noche suelta a casa de un amiguete y poco más. Ese año no sé que me dió que me animé y me apuntaron al campamento. Eran cinco días en Villanúa, cerca de Jaca, para recorrer algunas zonas del pirineo Aragonés. Mis padres me tuvieron que comprar una mochila (de esas con varillas de metal en la espalda que no había dios que aguantara), un saco de dormir, una cantimplora que duró sin abollarse más o menos medio día y unas playeras Puma para caminar por el monte (¿?).

Mi primer viaje largo en autobús me hizo descubrir que los órganos que tu creías internos pueden intentar convertirse rápidamente en externos. También me hizo probar por primera vez la Coca-Cola americana, con unas latas con colores alucinantes que nunca habíamos visto y con el doble de azúcar que la española. El conductor del autobús se encargó de traficar con el veneno de color caramelo con los niños de mi clase (incluído yo) y se hizo con una buena hucha a costa del mono que teníamos todos de aquella bebida burbujeante. Yo no era un niño especialmente activo, quien me ha visto y quien me vé, por lo que cada día de marcha era una paliza para mí así que el día que nos ocurrió nuestra particular aventura, yo ya iba digamos que en la reserva.

Subimos a una montaña de cuyo nombre no podría acordarme ni aunque quisiera porque ya no debía tener ni un miligramo de glucosa en el cerebro. Nos colocaron en grupos de cuatro y nos propusieron la siguiente actividad. Bajaríamos la montaña a intervalos de dos minutos entre grupos siguiendo el camino y un río a modo de contrarreloj. El grupo que tardara menos tiempo, lógicamente ganaría. Pues os adelanto que nosotros precisamente no ganamos. Salimos todo lo rápido que pudimos, pero no se en qué momento perdimos el rastro y comenzamos a meternos en un frondoso bosque. Seguimos bajando entre la maleza y en un mal paso una compañera se esguinzó el tobillo. Pues hála, a turnos con la niña subida a la espalda y para abajo. Al rato oímos voces y nos juntamos con otro grupo que se había perdido también. Nos vieron gracias a que a mi compi Javier tuvo la genial idea de lanzar una piedra por encima de los árboles para que vieran dónde nos encontrábamos, sin saber, o eso quiero creer, que la piedrecilla caería sobre mi inocente espalda, lo que me provocó un vaciado instantáneo del aire que contenían mis jóvenes pulmones. Creyendo que teníamos suerte porque así teníamos relevo para hacer de mula de carga con la tullida nos encontramos con tres niñas llorando con un ataque de nervios y un niño que se había caído y se había golpeado en la cara con una piedra. Con este planazo seguimos deambulando por el bosque durante horas, pegando gritos para ver si alguien nos oía.

Como bien sabía Murphy, cuando las cosas pueden ir peor, irán peor. Acabamos metidos en una trampa de zarzas que nos obligó a meternos en un río que nos bajaba por la derecha. Con el estupendo agua del deshielo (era Marzo) hasta nuestras redondas cinturillas tuvimos que avanzar casi un kilómetro hasta que pudimos volver a salir a tierra. Los gritos de socorro y auxilio que habíamos estado soltando por nuestras bocas en celestial coro fueron tornándose en insultos hacia los profesores por habernos metido en semejante berenjenal. Cuando el sol comenzó a agazaparse tras las montañas, el pánico se apoderó de nosotros, sobre todo cuando alguien aseguraba que había oído el aullido de lobos. En aquellos momentos yo no hacía más que pensar en mis padres, en lo mucho que los quería y con el rostro cubierto de lágrimas pensé de pronto en mi cartera. En ella llevaba una única foto, era de mi padre cuando estuvimos en el País Vasco. Llevaba un chubasquero y unos vaqueros y un largo palo en su mano a modo de bastón. Posaba feliz, con unos treinta años, en una pradera verde y con una valla de alambre de espino a su espalda. La excursión por el río la había arrugado de la humedad y la cartera había teñido de rojo uno de los laterales. Siempre fuí un niño muy serio y obediente y creo que fué la primera vez en mi vida que me negué a aceptar lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Yo no iba a morirme en aquella ladera.

Cogimos a la chica coja entre dos y nos lanzamos hacia abajo. Al poco rato llegamos a una pista forestal y siguiéndola unos pocos kilómetros nos topamos con un señor conduciendo una furgoneta que amablemente nos recogió. Alguno pensará que fué una temeridad montarnos con un desconocido, pero eran otros tiempos, como dicen los abuelos. El viaje duró poco porque nos cruzamos con los Land Rover de la Guardia Civil que iba en nuestra busca, con nuestros queridos profesores dentro. Empapados, cabreados y medio hipotérmicos nos cagamos en toda su estampa. Todo sin saber que me proporcionaron mi primera vivencia extrema, un recuerdo para toda la vida y una anécdota, la primera grande que recuerde desde luego, que contar. Todo sin saber que aquellos mismos odiados profesores serían los mejores y más queridos por mí de toda mi vida. Todo sin saber que los Pirineos inyectaron su veneno en mí para siempre. Todo sin saber que aquella foto iba a ser la foto más importante de mi vida.

lunes, 14 de marzo de 2011

El nuevo rumano

No voy a hablar de inmigración, ni de dientes de oro ni nada parecido. Os voy a presentar oficialmente a nuestro primer coche nuevo. Por fín se acabó el heredar coches que estrenaron otros. Hemos roto la hucha y nos hemos hecho con un Dacia Duster blanquito. A pesar de su aspecto es sólo tracción delantera, más que nada para evitar (cosa que no se consiguió) tentaciones de meternos en muchos berenjenales propios de los 4x4. Nos lo entregaron el jueves pasado después de algo más de un mes de espera el mismo día que mi padre cumpliría 60 años. Un buen regalo, sí señor. A día de hoy tiene ya quinientos kilómetros y ya ha catado la nieve. También ha catado la tierra. También el barro. Y por supuesto el agua.



Nos metimos el domingo por el Cerro de San Pedro a hacer "trialeras" y madre de Dios, si pudimos hacer lo que hicimos con un tracción delantera no me imagino lo que se puede hacer con un tracción total. Pa habernos matao, je je je. Belén me sorprendió. Primero porque le gustó eso de dar botes por los caminos, pero es que además la tía se descojonaba y me animaba para meternos por todos los charcos que había. Nos lo pasamos de lujo. No es el rodaje ideal para un coche nuevo, pero es que tenía unas ganas locas de zumbarle por el monte. Sólo falta que nos dure muchos años. P.D.: No penséis que hemos jubilado al Vectra. Ahí sigue el tío con su 12 años y rulando como el primer día. El mejor coche que he tenido, de momento...

jueves, 10 de marzo de 2011

Corrupción Urbanística en San Martín de Valdeiglesias









Exactamente lo que reza el título. Todo el ayuntamiento y la administración de San Martín de Valdeiglesias están bajo sospecha por una supuesta trama urbanística encubierta. Por lo visto las autoridades han descubierto un aumento desproporcionado de ventas de terreno rústico a particulares sin control alguno. La mayoría de los compradores de estas parcelas son además forasteros que, enamorados del entorno natural y el encanto propio del lugar, no dudaron en lanzarse (y nunca mejor dicho) a la adquisición descontrolada de las nombradas parcelas. De hecho, consta en los archivos que algunas de ellas fueron vendidas a varios titulares a la vez, pero lo más curioso es que algunos compraron la misma parcela una y otra vez. Los esfuerzos por parar la venta indiscriminada por parte de las autoridades, enfundadas en sus reglamentarios chalecos reflectantes, fueron vanos debido a la avalancha de compradores en determinados momentos. Si bien pudieron parar el trámite al pleno vuelo en alguno de los casos, la mayoría de las transacciones se llevaron a cabo, produciéndose la venta sin que nadie pudiera remediarlo. Se desconoce el número exacto de nuevos propietarios, pero nos consta que va a ser complicado que los implicados devuelvan los terrenos, a pesar de que la mayoría, por no decir la totalidad, se estará ahora mismo arrepintiendo de su compra. En otro orden de cosas y sin salir del mismo municipio, la Consejería de Sanidad ha realizado un llamamiento a la solidaridad en toda la Comunidad de Madrid para intentar reponer las existencias de Betadine en la anteriormente nombrada localidad, debido a un inesperado aumento de la demanda provocado por un evento deportivo ligeramente peligroso. Sin más noticias destacables se despide Moisés Morán Gámez, superviviente de la 2ª prueba del Open de Madrid 2011.

Este texto a modo de noticia periodística que a alguno le sonará a chino describe a la perfección lo acontecido en la carrera que corrí este pasado domingo. En el argot ciclista comprarse una parcela equivale a hacer una cata de suelo, un revolcón, un recostamiento o de forma más generalista, darse una ostia. El ratio ostia-participante por una vez se salió de escala, pues el trazado tiene la bien merecida fama de ser el más técnico de todo el campeonato madrileño. Es el único sitio dónde he visto los árboles forrados con colchonetas. Es justo decir que en las rutas que nos hacemos por la sierra encontramos tramos mucho peores que los de San Martín, pero no los tenemos que pasar con doscientos ciclistas más, dos, tres o cuatro veces seguidas y con una fatiga en el cuerpo considerable. La cosa a priori acojona, más si tenemos en cuenta que el jueves anterior fuímos Diego, Ángel y yo a reconocer el circuíto y acabamos en el hospital con la clavícula de Ángel partida en dos. Caída tonta y mala suerte en el aterrizaje para él, que eso sí, le echó unos huevos al asunto que no veais. Volvió al coche por su propio pie y tendríais que ver con qué tranquilidad y pundonor le dijo a su mujer que había tenido un accidente. Si alguien me tiene que dar una mala noticia, que por favor hable primero con él para que le asesore.

Las ganas de competir os podéis imaginar dónde acabaron. Con desgana fuímos el domingo. Más desgana al ver que nos colocaban en la última fila de la parrilla en un circuíto "taponero". Y voy y me marco la mejor carrera de hace años. Adelanté a más de 50 tíos y acabé el 16 (no llegué el 15 porque perdí el sprint). Lo mejor es que encima disfruté como un enano por las trialeras y pegando saltos por todo el circuíto, la cara de flipado de alguna foto lo atestigua. Mis compis hicieron un papelón también y no nos dimos ningún costalazo. En fín que nos salió todo perfecto.

P.D.: Desde aquí un abrazo muy fuerte y mucho ánimo a Ángel. Eres un machote y ya verás como dentro de poco estás liándola por los caminos con tu nuevo pepino. Vuelvo a decir que me dejaste asombrado con tu actitud. Creo que todos hemos aprendido de tí.

P.D.2: Gracias a esta carrera me he animado a entrenar más fuerte. Estaba un pelín desanimado pero parece que el esfuerzo va generando frutos. Que me dure mucho.

P.D.3: Hoy es tu cumpleaños y curiosamente va a ser un día muy especial para Belén y para mí. FELICIDADES PAPÁ.

jueves, 10 de febrero de 2011

La Carta de Javier

Ahora me veo con fuerzas para ofreceros la carta en el blog que escribí en nombre de todos para que la publicaran en algunas revistas y periódicos deportivos cuando falleció mi querido Javi. Sé que hay gente que lee aquí y que no ha podido acceder a ella y yo no podía tenerla inerte en el tintero. Ahí os la dejo. Son mis últimas palabras en este triste asunto. Gracias por la atención.

Aquella mañana apagaste el despertador sin saber que ya no lo harías nunca más. Sería la última vez que desayunaras fuerte para aguantar tu duro día. La última vez que besaras a tu pequeña, a tu amada esposa. Fué la última vez que preparaste tu ropa, seguramente con mimo. La última vez que dejaste que tu mente corriera a sus anchas por todos los buenos recuerdos de tu vida mientras pedaleabas relajadamente, la última vez. La última vez que te reíste tú solo recordando algún momento en ruta con nosotros, la última vez. La última vez que miraste hacia el cielo, hacia arriba, escrutando las nubes como haría un granjero para evitar que la lluvia arruinara su preciada cosecha, todo sin saber que aquella perspectiva cambiaría bruscamente en unos minutos para pasar a observarlo todo desde arriba. Primero, desde el helicóptero que en vano se esforzó por llevarte con vida al hospital. Después, al pasar a formar parte de las almas que nos observan cariñosa y melancólicamente desde el firmamento.
Y ya sólo nos quedó recordar la última vez que te vimos reír, la última vez que nos hiciste reír. La última vez que te vimos disfrutar, la última vez que nos hiciste disfrutar. La última vez que nos llamaste "paquetes", que nos llamaste "máquinas", que nos llamaste "chavales". La última vez que hablamos contigo, la última vez que nos dijiste "hasta luego". No, Javi, no , es HASTA SIEMPRE.


Javier Sánchez Corral nos fué arrancado de nuestras vidas el 1 de Diciembre al ser arrollado por un camión en la carretera M-100 mientras entrenaba. Descansa en paz amigo.

Club Ciclista ENBICI Alcobendas.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La buena, la fea y la mala


Feminizando el título de la famosa película que interpretó el gran Clint Eastwood resumo lo acontecido en mi primera carrera del año. Estrenábamos equipación, muy bonita y de muy buena calidad, pero difícilmente distinguible entre tanta ropa similar. Se nos veía mejor de azul y amarillo pollo, pero no nos vamos a quejar ni mucho menos. También estrenaba bicicleta, un pepino de carbono de la marca Trek. Tras casi diez (si, he dicho diez) años montando sobre bicis de doble suspensión que parecían colchones de plumas para mi delicado traserillo, me dejé engañar por el diablo y me compré una verdadera máquina de carreras, rígida y ligera. Sólo tuvimos dos semanas para hacernos amigos, pero en contra de lo que yo creía, no éramos todavía uña y carne. Algo de ésto podía ser la buena en mi relato... La ropa...La bici nueva... Pues no, en mi caso la buena fue la ostia que me dí acabando la primera vuelta.



Salvé dos tentativas de aterrizaje forzoso en los primeros doscientos metros de carrera. Primero en la salida, cuando los dos que estaban delante mío en la parrilla (que por cierto me tocó atrás del todo para no variar...) se dieron un afectuoso abrazo haciéndome un sandwich. Gracias a Dios que todavía no había enganchado el pedal automático, que si no me desparramo entero. Con el susto en el cuerpo salgo a toda leche para coger al resto de compañeros. Adelanto a Luis por la derecha (menos mal que en el campo no hay código de circulación que valga) y a los tres segundos oigo un cacharrazo justo detrás de mi rueda. ¡Puffff!, me libré otra vez... Pero no todo el monte es orégano (no se que quiere decir esta expresión pero a lo mejor queda bien aquí, je je je).



En mi afán por coger a gente me agacho sobre el manillar y pedaleo como un mulo, sin fijarme en que un reguero cruza el camino de lado a lado. Me lo trago y mi mano derecha se suelta del manillar como si no me perteneciera. Hago el vuelo del Ave Fénix y mientras el tiempo se detiene consigo oír los gritos de una señora a la que conseguí impresionar desplegando mis alas, me da tiempo a calcular que parte del suelo lleno de agujeros me va a resultar más cómoda para tomar tierra y aún así me sobra tiempo para maldecir y blasfemar mientras veo volar más alto que yo a mi querida y cara bicicleta de fibra de carbono. Me levanto en un tris y tras ver que tengo más o menos todos los órganos en su sitio y que no me he cargado mi flamante ropa (antes muerta que sencilla) me fijo en la rodilla derecha. No me duele casi (irónicamente hablando, claro...) y un tremendo bulto se ha merendado a mi rótula. El adorno final lo ponen dos venas por encima súper inflamadas que daba miedo verlas. Pues ésta era la fea. La señora me da un ligero consuelo maternal mientras medio pedo busco a mi jaca unos metros más abajo. La maneta izquierda y los mandos del cambio están mirando a Roma. Le meto un viaje y los coloco en su sitio. Me monto y medio zombie sigo dando pedales. En vez de cabrearme un huevo como siempre, sólo me mosqueo un poco pero me encabezono en acabar a toda costa.



El tercer huevo que tengo se va desinflando poco a poco y con los ánimos de los colegas subiendo el famoso repechón del circuíto acabo como un jabato. El 35º, mejor que el año pasado y encima no me caí, pero a mí me sabe a victoria. Hay que ver el lado bueno de las cosas, podía haber sido mucho peor y no creo que hubiera sido mucho mejor sin la caída. Gracias a todos por los ánimos. Os preguntaréis quién o qué fue la mala en esta historia. No fué mala la suerte, porque la culpa de la caída fué sólo mía (cualquiera que me oiga no se cree lo que sale de mi boca, pero debe ser que me hago mayor y estoy madurando...). Tampoco fue mala la carrera, ni la bici. La mala fue Belén, pero no por no ir a verme a la carrera (lo estaba deseando y lo entiendo, tanto tío sudoroso enfundado en lycra...), sino porque estaba mala con la alergia la pobre mía. Se quedó con las ganas de gritar como una loca para que la oyera desde cualquier punto del circuíto. La eché mucho de menos.



P.D.: Os dejo mis fotos narcisistas, en alguna se ve el piñazo en la rodilla. Saludetes.